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Luz
y Sombra
Café
de negros
Yo era el único hispano en aquel café de negros
de Washington. Los negros-los afroamericanos-son la minoría
grande de la capital y ellos mandas.
Negros han sido todos los alcaldes de Washington, desde
que los alcaldes se eligen por votación. Negra es
la mayoría de funcionarios públicos. Eran
todos los empleados en aquella cafetería donde yo
trabajaba después de la universidad. Yo era cajero
en un café de negros.
Dwight fue el primer administrador. Era un negro apuesto,
con gafas con aros de oro. De oro eran los cuatro anillos
en su mano derecha, de oro las cuatro cadenas que pendían
de su cuello sobre camisas de seda, de oro las hebillas
de sus zapatos, de oro los aretes y pulseras que usaba su
esposa, una negraza de cabello dorado. Dios los cuide: huyeron
una noche con el dinero de la caja fuerte.
Fred fue el siguiente administrador. Era un personaje de
dos metros de alto, 300 libras de peso, y cráneo
afeitado. La mitad de su cara era su labio inferior. Había
sido cocinero mal pagado durante años hasta ser manager
mal pagado. Pero era manager y era mi amigo.
Cada medianoche yo empaquetaba las salsas y ensaladas del
mostrador mientras Ralph, un tipo tatuado en serpientes,
lavaba platos, bandejas, parrillas, hornos, cacerolas, y
sartenes, mientras decía que Colin Powell es
el tío Tom. Me acompañaba Nguyen, una
vietnamita gorda y adolescente cuyo esposo, flaco y adolescente,
nació en las montañas de la costa migueleña.
Quiero conocer el pueblo de José, me
decía, Chirilagua. Nguyen pertenecía
a una casta vieja: los que ven el templo del Dios en la
cocina y en cocinar la liturgia. Cocinando para un refugio
de emigrantes había conocido a José, totalmente
nuevo en Estados Unidos, totalmente analfabeto.
Meses después, ella cocinaba para su boda.
A veces llegaban Yaneesha y Laneeka, dos cocineras jóvenes
del ghetto negro de Anacostia. Ambas habían sido
madres antes de ser mujeres. Ellas me mostraron que la cadencia
sabrosa del inglés negro era la de las lenguas del
África Occidental, tan rítmicas como tantanes
al atardecer. Ellos me dijeron que, si los negros son pobres,
la culpable es de la esclavitud.
La esclavitud trató de convertirnos en infrahumanos;
no puedes quitar 500 años de esclavitud en un siglo,
y mira que hasta el año en que tu naciste los negros
no podíamos sentarnos en los asientos anteriores
de los buses, o beber de los bebederos del hombre blanco,
o comer en sus cafeterías
el negro desafiante
de hoy es hijo del negro segregado, que es nieto del esclavo,
que es nieto del guerrero africano.
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