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LUZ Y SOMBRA

 


Ginger I

Sintió envidia del vapor que se unía con el aire y de las aves que convertían al cielo en su amante. Ella pensó que no podría superar la emoción la cual a cada momento la convertía en sentimientos de libertad. El latir de su corazón la despertó, tenía tiempo de no sentir ese tic-tac en su pecho. Le impacto haber sobrevivido a sus propias desdichas, las cuales las conocía, sin embargo las aceptaba como una sentencia.

Los edificios la cubrían con sombras y odiaba a las otras personas que miraba besarse en los parques. No por envidia. Ambicionó salir corriendo de esa realidad heredada y morir en los abrazos de una fría cama, antes de amar otra vez. El murmullo de los bosques la acompañó hacia un gran árbol sin nombre. Un corazón dibujado en él le molestaba su atención. Cogiendo una piedra, borró su nombre con fuerza.

“ Ginger” ese nombre no tendría exposición en el tosco corazón arbolario y así liberó su alma del pasado. Ahora ya no tenía su nombre. Su cabello rojo como fuego subió al cielo y calentó la atmósfera fría. A kilómetros lo pude ver desde la azotea de mi viejo departamento y supe que por fin cortaba con roja sangre toda esperanza de volver al pasado.

“Háblame. No guardes silencio. Sólo fue un conquistador. Dame una moneda”, le dijo un vagabundo que la despertó de su sueño. Dormía en una banca del Parque Imperial cubierta de hojas. Sus ojos clavados en el cielo sin aves y de dos soles, remediaron, por un momento, el remordimiento de saber que sus días, como ella los conocía, tenían un cierre de telón.

Escribió en una servilleta una frase de una película mala donde el antagonista resumía que un mal tiempo se distingue al no gobernarse a tropiezos duros y forzadas marchas.

Recordó aquel día de su juventud, en una fiesta, cuando sin querer chocó con una puerta de vidrio. La vergüenza la invadió y sólo quería desaparecer en medio de las risas de burla de sus compañeros de colegio, prometiéndose ahí que no sería objeto de mofa jamás. Su imagen no permitía esos errores.
Ahora esas imágenes la marcaban de nuevo al caminar por las mojadas calles invernales del pueblo. Un ridículo sin posibilidad de esfumarse. Fijó su mirada en los hilos que colgaban de su cuerpo y la hacían moverse cuando no lo deseaba; como un títere sin gracia o un mimo aburrido.

Desde su adolescencia fue guiada por los caudales de los que dirán sin la oportunidad de opinar ni pensar. En aquellos tiempos, le parecía cómico burlarse de los inadaptados de negro, quienes llevaban abrigos largos del mismo color. Ellos evitaban el alboroto y jugaban con ranas y ratones feos. Le parecían patéticos. Su meta fue fijar su amor bello en alguien que le cantara canciones famosas y le ofreciera ofertas sacadas de la televisión. Con la promesa de “ The sun always shines on TV.”, una canción que permitió hacerle pensar que no tenía la oportunidad de ser feliz con lo anormales. Solamente con las personas comunes y felices de los cuentos leídos por su madre a la hora de dormir. Príncipes que habitaban en sus metas sentimentales, hasta que se dio cuenta, con golpes de un puño cerrado el dolor de la verdad.
Separada así del cariño violento, meditó sobre aquel día que encontró en su casillero una rosa pintada de negro con papel que decía “ tu cabello rojo es mi resurrección y circula por mis venas”. Lo lanzo al cesto de la basura reciclable y aprovechó el momento para burlarse del tonto capaz de semejante regalo tan fuera del gusto normal...
Continuara...


*Zarko Pinkas es periodista y estudia una Maestría en Ciencia Política en la Universidad de Chile, en la ciudad de Santiago de Chile.
 

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