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Carta
Washington
Fantasma
de las Navidades presentes
Un fantasma charló conmigo en Navidad. Me trajo
sus recuerdos de Guerra, de la Segunda Guerra, de una marcha
horrenda, de una mujer salvadora, de una búsqueda
por islas y selvas, de un amor de media centuria. De que
Dios no está tan muerto.
Lo que queda de Feliciano Cruz es casi un fantasma, un hombre
de 88 años que fue al infierno y regresó con
esposa. Las sesiones semanales de diálisis lo han
convertido en una velita que todos quieren viva: calvo y
enjuto, pequeño y moreno, de ojos rasgados tras las
gafas delgadas. Sus facciones son más próximas
a los malayos que a los chinos aunque la migración
de niñeras filipinas a México dio origen a
las chinas poblanas. Porque Feliciano
Cruz es filipino, y en su casa pasé la Navidad.
Es la casa de un hombre que fue coronel en su patria y luego
administrador de un hotel en Nueva York, donde tuvo una
casa de 19 habitaciones en Long Island. Necesitaba 19 habitaciones
para siete hijos e hijas, inmumerables visitas y millares
de memorias. ¿Usted estuvo en la Marcha de
la Muerte? le pregunto, Si, contesta en
español filipino, que es un español castellano
con el filtro de México.
Usted habla bien español, le digo. Si,
contesta, los fililipinos y ustedes estuvimos más
tiempo gobernados por España a través de México
que por nosotros; luego vinieron los americanos de
Estados Unidos, quiere deciry nos quitaron el español
¿Y la Marcha de la Muerte?.
Fue cuando llegaron los japoneses; yo era capitán
de un ejército Filipino cuyo mariscal era McArthur;
los japoneses nos vencieron en dos meses, los japoneses
tomaron nuestras armas, los japoneses tomaron Manila, la
horrible ciudad que tanto te gusta, nos tomaron prisioneros
los japoneses. Nos hicieron caminar desde Manila hasta el
campo de concentración donde los japoneses nos tendrían
prisioneros durante un año, comiendo arroz tan vil
que gusanos de moscas se retorcían entre sus granos.
Los japoneses nos hicieron caminar 30 kilómetros
a nosotros, heridos, enfermos de malaria, derrotados, americanos
y filipinos. Nos hicieron caminar los japoneses y nadie
podía sentarse, el que caía al suelo recibía
bayoneta. Ese dia los japoneses mataron a cuatro mil hombres
y cada cadáver quedó con una sábana
de moscas azules y plateadas, grandes como cucarachas.
Yo viví para ver otro dia, para ver otra semana,
para ver a una muchacha muy linda, una chica cristiana que
nos llevaba agua y medicinas; entonces ella desapareció.
Me dejaron ir los japorneses pero yo tenía cárcel:
durante meses y meses busqúe en 8 islas a la muchacha
que me llevó agua, la que me dio medicina. La encontré.
Fue mi esposa y sigue mi esposa
Ella estaba allí aquella noche, hace una semana.
Bella a los 83 años, con sus siete hijos e hijas
y siete nietos y nietas. Fue un gran momento para una Navidad:
mi primera Navidad en la nieve, la charla con un hombre
de los trópicos que sobrevivió al Infierno.
Comimos estofado y cerdo dulce, pan casero y pastel de coco,
cantamos en español y tagalog, en ingles y coreano,
en piano y violin, desafinados y a gritos.
Hace ocho dias habría muerto feliz.
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Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría
en Periodismo en Washington D.C.
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