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Carta
Washington
Cine
porno
Ayer vi a Rossy Mendoza en televisión. Me asusté
de lo vieja que está. Me asusté de lo viejo
que estoy. Yo amé a Rossy Mendoza. Yo tenía
14 años y la recuerdo en una cama; sólo pétalos
cubren su cuerpo pálido, bello, con piernas interminables.
Dos estratégicos círculos de pétalos
cubren sus senos, pétalos amarillos cubren su ombligo,
y pétalos rojos cubren su pubis angelical. Un hombre
joven comienza a devorar los pétalos, de norte a
sur; ella gime con belleza prodigiosa.
La pélicula es el Sexo sentido, una comedia
cuyo personaje principal es ella, una joven guapa y de sexualidad
activa. Dos décadas después cierro los ojos
y aparece esa escena.
Yo fui adicto al cine erótico. No hablo del cine
porno contemporáneo, de fealdad insoportable (una
cámara de video, una cámara, tomas ginecológicas,
suspiros asmáticos, náuseas). Hablo del cine
erótico hecho en Europa Estados Unidos y México,
entre 1970 y 1985, cuyos actores y actrices trataban de
actuar, vestidos o desnudos. Su fotografía superaba
a muchas películas serias; algunos de
sus directores pasaron al cine serio, como Francis
Ford Coppola.
Yo era niño de colegio católico y ese cine
fue mi única educación sexual, y fue efectiva.
El macho y la hembra buscan el mejor especimen para aparearse
y hacen feliz a la pareja antes de ser felices ellos. La
hembra utiliza su sexualidad para someter al macho, que
puede terminar sobre su espalda, con los brazos en cruz
y apretando los dientes (Rossy Mendoza a Oscar Moreno).
Los recuerdo a todos. En Bel Ami una película
sueca inspirada en un cuento de Guy Maupassant (1850-1893),
Harry Reems, grande del cine erótico, interpreta
a un periodista tímido que termina acostándose
con cada hembra que encuentra, algunas de las más
bellas de Europa: La primera es Bie Warburg, quien lo viola(ella
a él) en una espectacular llanura suera, y la violadora
termina vencida. La fotografía es luminosa, insuperable.
Otra mujer es la casi adolescente Marie Lynn, llamada Maria
Forsa, la mejor actriz erótica de la historia. En
su rostro rubio profundo, suspirando y gimiendo, había
más erotismo que en todo el cuerpo de Shakira.
Había una niña criada por monjas que se convirtió
en Silvya Kristell, la Emanuelle, personaje creado por la
franco-tailandesa Emanuelle Arsan. En la formidable Emanuelle
3, ella es la seductora que abandona, que es seducida
y abandonada. Recuerdo a la javanesa Laura Gemser, la Emanuelle
Negra, que hizo su carrera en Italia. Recuerdo a la
pionaera, Linda Lovelace, quien protagonizó la primera
película pornográfica que recaudó millones:
Garganta profunda (su ginecólogo, encuentra
que ella tiene el clítoris en la garganta. Esta película
dio nombre al informane misterioso del escándalo
Watergate, cuya identidad aún es un misterio. No
hay misterio en las historias de ellos y centenares más.
Hay tristeza, tragedia, desolación. Lo contaré
pronto.
*
Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría
en Periodismo en Washington D.C.
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