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Carta
Washington



Historias de policías

Colecciono historias de policías. Tienen que ser verídicas, heroicas, y casi sin violencia. Aquí van cuatro.

Una. Las minas de Lancashire, Inglaterra, son un inframundo y sus mineros se han rebelado.

Es 1853 y el propietario de las minas corre y encuentra al sargento de policía y los policías que enfrentarán a 500 mineros; son 11 hombres armados con porras cortas de madera.

Les ofrece armas de fuego. El sargento levanta el mentón y le descarga su orgullo: “en 20 años en la Fuerza, jamás he usado un arma señor”.
Es el orgullo de la policía británica: máximo orden y mínima violencia.
El fin de semana encontrará las minas intactas; policías y huelguistas juegan al rugby.

Dos. En el otoño de 1873, el Sargento Charles Roberts de la Real Policía Montada de Canadá recibe un telegrama.

Debe ir al norte, a capturar un fugitivo en la Tierra del Yukón.
El Sargento conoce los procedimientos de sus colegas de Estados Unidos: forman un grupo de hombres a caballo, visten como renegados, recorren las llanura, encuentran al fugitivo y quizás lo entreguen a la justicia, quizás hagan justicia colgándolo.

El Sargento sale solo, casaca roja, pantalón negro, y en caballo blanco.
En 20 días cabalga 400 kilómetros, encuentra al renegado y lo arresta en una cantina.

Juntos, recorren el retorno de 400 kilómetros para que el fugitivo sea juzgado.
En 40 días en terreno salvaje, el Sargento nunca sacó el revolver.
Tres. Nagasaki, 1907. Una multitud va a quemar una iglesia.
Al otro lado del mar del Japón, rusos y japoneses matan y mueren en los llanos manchurianos durante la primera gran guerra del siglo XX.

En la isla, con antorchas marcha una muchedumbre a quemar la iglesia ortodoxa rusa de Nagasaki.

El jefe de policía del barrio enfrenta a la multitud con 12 policías.
Habla: “no los detendremos, sólo sepan que, si esta iglesia arde, mis hombres y yo nos suicidaremos”.
Diez mil bocas callan. Nadie habla, ni cuando 10 mil pares de sandalias se alejan.

Cuatro. Ocurrió en El Salvador, una noche de noviembre de 1998.
Una tormenta tropical saca los ríos de madre y un estero en la costa migueleña se traga los puentes.

Veinte policías, hombres y mujeres, jóvenes todos, aferran brazo con brazo para hacer un puente humano.

En ese puente, decenas de hombres y mujeres, ancianos y niños cruzan el estero y salvan sus vidas.

Encuentro indescifrables las escenas de policías enmascarados y con metralletas.

Para mi, aquella noche sin armas fue el momento supremo de la Policía Nacional Civil.


* Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría en Periodismo en Washington D.C.

 

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1999 :: 2002

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