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El
encuentro de Alberto con Diego hace resurgir viejos
fantasmas.
Redacción
Planeta
Elena y Alberto forman un matrimonio de clase media
alta. El trabaja como ingeniero aeronáutico
y ella tiene su propio taller de serigrafía.
Vive en una zona residencial de Madrid y educan a
su hijo.
Llevan juntos desde el Instituto y catorce años
de casados, y se encuentran en plena crisis. El encuentro
de Alberto con Diego, un cirujano traumatólogo,
le hace resurgir viejos fantasmas. Elena descubre
que su marido la engaña cuando se encuentra
con el recibo de una habitación de hotel. Ella,
perdidamente enamorada, no le montará ninguna
bronca e intentará volver a recuperar a su
marido.
Diego no hará preguntas y se conformará
con lo que Alberto le dé, aunque le sepa a
poco. Mientras, Alberto no sabe que hacer, quiere
a su mujer pero no puede evitar sentirse atraído
por Diego.
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Gerardo Vera, uno de los mejores directores artísticos
del cine español, en su tercer largometraje
como realizador, se ha lanzado al vacío sin
red, como sus personajes. Ahora se la ha jugado con
una idea original que además parte de una serie
de reflexiones autobiográficas. Y eso se nota.
Vera se ha mostrado seguro al contar algo tan complicado
como un triángulo amoroso, con el inusual ingrediente
de que el marido es in fiel con otro hombre. Ha demostrado
cómo se puede tratar la homosexualidad sin
caer en el morbo más fácil, dosificando
en su justa cantidad las escenas de sexo entre Jordi
Mollá y Javier Bardem. Narra el dolor y la
confusión, y cómo en cuestiones de amor
no hay buenos ni malos, sino que cada uno hace lo
que puede.
La mujer, valiente, inteligente, queriendo salvar
su matrimonio, el amante dando todo a cambio de huidas
y el marido afrontando la realidad comprendiendole
y odiándole.
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