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Carta
Washington
Scott
y el infierno
Siete años
de edad y la vida es un infierno. Son las seis de la tarde
y el niño se refugiará en un libro: él
tiene docenas porque el infierno demanda docenas de refugios.
Es un libro sobre viajes, porque el niño crece en
San Miguel, El Salvador, donde los viajes y los libros son
para locos.
Es un libro sobre viajes a la Antártida, sobre exploradores
polares, sobre el Capitán Robert Falcon Scott, quien
la tarde anterior había llegado al Polo Sur para
encontrar que, en la llanura helada, ya ondeaba la bandera
del Rey Haakon de Noruega. Roald Amundsen, su competidor,
lo había vencido por más de un mes.
Scott y Amundsen eran diferentes. Scott era un caballero
británico, entrenado como guardamarina desde los
15 años en los barcos de la Reina; allí era
castigado, vivía sin inodoros durante semanas, sin
ver a su madrecita, porque Scott quería a su mamita,
como el niño quiere a la de él, que pronto
llegará a gritarle que es un idiota, que debería
estar haciendo las tareas en lugar de leer mier..., y llegará
la abuela a gritarle que va a quemar los libros, porque
los libros lo harán loco.
En la marina, Scott nunca superó su compasión
por los animales, igual a la del niño, quien en la
mañana vomitó cuando sus compañeros
mataron una ranita a pedradas, y uno dijo que le iba a dar
ver...para hacerlo hombre. Porque Amundsen mataba a los
perros que tiraban los trineos y se los comía, y
Scott nunca se atrevió a eso. El Artico es un infierno
y ya no hay comida. El capitán L.E.G. Oates dice
adiós al grupo y desaparece en una ventisca. En noviembre
de 1912, una partida de rescate encuentra al Capitán
con sus íntimos compañeros: habían
muerto en marzo. Habían levantado un refugio, pero
no hay refugio contra este infierno, Scott fue el último
en morir, escribiendo cartas y retorciéndose. El
niño cierra el libro y espera el regaño por
no hacer los deberes. Llorará esa noche como todas
las noches. Volverá a llorar mañana, pero
mañana abrirá otro libro que dirá que
hay otras tierras, gentes, que el infierno también
da treguas.
*
Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría
en Periodismo en Washington D.C.
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