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Carta
Washington



AComer chucho

Comí perro en Corea. De hecho, pasé una semana masticando esa carne negra, grasosa y salada. Mis suegros habían comprado perro para mi, porque era verano y, en Corea, comer perro es una ceremonia festiva, como en El Salvador lo es ir al mar para no ser visto nunca más. “Come mucho”, me ordenaba mi suegro y levantaba el puño bien alto antes de decir “da potencia”. “No la necesito”, quería contestarle, “ya me casé”, pero mi esposa estaba a la par, con la ira que crean las hormonas de seis meses de embarazo. Masticando 36 veces cada bocado, pensaba: “tengo amigos santanecos que me mandaron a comer ‘comer chucho’, ‘pero no tanto’, y los colombianos de los Andes llaman ‘perreras’ a sus edificios multifamiliares; al menos yo no vivo en un lugar así”.

Bocón. Ahora vivo en una perrera. Vivo en el último edificio hippie de Washington, y aquí crece mi hijo. No es tan malo. No hay mosquitos porque los rockeros del primer y segundo piso los ahuyentan con humos sagrados. No tengo problemas con el futuro porque el tarot ne lo lee mi vecina, Kiva. “Diálogos literarios”. Los tengo con María, la boliviana divorciada del cuarto piso que, como Isabel Allende, vino a Estados Unidos a escribir la gran novela latinoamericana. Lo hará si lo permite su empleo como mesera y su visión de la gramática española. “Francisco, estoy hastiada de la carga machista del lenguaje. “¿Por qué los hombres a las mujeres las ‘pene-tran’? ¿Por qué las mujeres a los hombres no los ‘vulva-tran’?” Yo trato que nuestros diálogos duren 30 segundos.

Los problemas con la cañería los arreglará Bob el conserje, cuyo cabello rubio le llega a la cintura, a menos que esté bajo la influencia de los humos sagrados; en tal caso, conozco la respuesta “Uk, señor Ayala, uj, no tengo idea”.

Yo no tengo idea de cómo llegué a vivir a esta perrera, pero sé que me gusta porque, esteeee, es raro. “Mira, los nuevos inquilinos”, dijo el rubio y enorme amante de la dueña del edificio, cuando entramos. “El es mexicano, ¿cómo estás José?”. “Perdón”, contesté yo, “pero yo soy de El Salvador”. “¿De qué parte de México dijiste que eras, José?”. Interrumpió la dueña. “Oigan, no se ofendan”, le dije con toda la seriedad de un migueleño, “pero ni soy mexicano, ni mi nombre es José”. “Relax, José”, contestó el gigante rubio, “que para un mexicanito como tú nosotros podemos hacer una rebaja en el alquiler”. “¡Orale bato! Llamame Pepe”. Nunca me aburriré de vivir aquí, ni de oir los “no tengo idea”, que es la respuesta que le daré a la ancianita emigrante polaca cuando, con pasitos frenéticos, venga a tocarnos la puerta para preguntar si hemos visto a su perrito.


* Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría en Periodismo en Washington D.C.

 

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1999 :: 2002

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