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El
Mapuche
Sobre las calles de neón
Sobre las calles de neón, jóvenes con la
expresión de amigos falsos invitan a entrar a los
bares en el barrio de la calle Suecia.
Bajo un letrero, Somoza camina entre el viento frío.
Nada puede ser más complicado que ser uno mismo en
esa esquina.
En su avanzar, se delata la intranquilidad de esperar por
alguien que alimenta su ansia. Mientras los minutos pasan,
sus cejas siente el frío que en un momento se convierte
en calor que alimenta, como los calderos los cuales sirven
en las fraguas para crear las herramientas de las manos
trabajadoras.
A lo lejos, Lisboa toma el control del camino. Dos personas
se miran en un espacio tan irreal que al final les da lo
mismo. Son ellos los dueños de la calle, como combatientes
de las guerras de las angustias. Se toman de la mano. Somoza
tiene que falsear la alegría que lo envuelve por
sentir su cálida palma entre los dedos. Lisboa le
invita a entrar a un bar que no tiene nada de particular
solamente a ellos que destellan con ese extraño color
que todavía mortal alguno no le ha dado un nombre.
Sentados se miran fijos. Sus ojos dicen muchos no obstante
sus palabras rodean la impaciencia, es una cita no como
cualquiera, única en ese lugar donde nada salta a
la vista únicamente sus manos articuladas como continentes.
Somoza busca en su pelo los cristalinos sueños que
hacen del amor lo más digno de respetar.
Lisboa es fuerte en su hablar y un cigarro adorna sus labios.
Bendito ese cigarro piensa Somoza que puede tocar su respiración
única .
Lisboa le cuenta sus problemas y Somoza los suyos. Al final
que más da si están juntos en ese glorioso
momento, dos almas que no buscan nada más que saltar
por encima y ser ellos mismo con sus defectos, pecados,
maravillas y proezas.
De esa forma pasan los minutos veloces como la vida y Somoza
se siente morir porque no puede guardar ese momento para
siempre.
Su lengua centro del mejor de los besos pasa por su dedo
de hombre y así el clímax salta por la mesa
como un conejo asustado. Somoza tiene el alma en el ombligo
y cerca del punto de creación. Nada puede ser más
poderoso que la infiltración de sensaciones sobre
las manos.
Él busca en su memoria algo tan digno que decir,
sólo el silencio puede explicar todo sin más
retórica alguna.
La noche fallece frente a sus ojos. El busca las excusas
para no separarse de su piel. Ella lo sabe bien, ese amor
racional flota en el ambiente como partículas de
deseo y se les pega a la ropa , pero algo detiene el destino.
Aunque que importa si su saliva todavía humedece
sus saladas manos como el agua del mar.
Caminan por las calles vacías. Y ahí, en medio
de la nada, está todo, ahí entre la oscuridad
y la claridad de dos, nace sin tanto dolor como el sol de
verano, como la lluvia del desierto, el primer beso con
varios más. Suenan como campanas. Mueren y nacen
de nuevo y su respiración entra por todos lados.
Con sus perfiles reflejados en sus ojos nada más
que decir sólo sentir el tacto de los labios que
buscan su centro como las aves en el cielo.
No queda nada. Ellos en medio de la Avenida 11 de septiembre
junto a una fuente sin deseos.
El busca en su billetera un calendario. ¿Para qué?
Si los momentos como estos quedan en todas las fechas tal
cual saetas caídas del cielo; y la historia flota
por el mismo lugar y queda en ese esquina sin que nadie
la pueda mover jamás con ningún golpe o lluvia
de fuego. Ahí en las calles de neón de Santiago.
*Zarko Pinkas es periodista y estudia
una Maestría en Ciencia Política en la Universidad
de Chile, en la ciudad de Santiago de Chile.
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