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Un
relato apasionante de amor, pecado, milagro y sacrificio
del director Lars Von Trier
Jorge
Cortez *
Al principio de los años 60, en un pueblo de
Escocia, una joven quiere desafiar la estricta moral
de la comunidad cuando decide casarse con un trabajador
de una plataforma petrolífera.
Bess (Emily Watson) es una joven ingenua e inocente
que siempre ha sido protegida por su madre y por su
cuñada Dodo, que ha quedado viuda.
Todos estos personajes viven en un remoto pueblo de
Escocia donde la vida es dura, áspera, clima
de contrastes, donde sus habitantes practican un fuerte
protestantismo que no tolera ciertos vicios, entre
ellos el alcohol, el baile y la música.
Estamos pues ante una sociedad cerrada, desconfiada
del progreso, de la renovación.
Dentro de esta comunidad hermética, que condena
cualquier individuo que se salte las normas, Bess
se enamora de Jan, que se siente a su vez cautivado
por la inocencia y pureza que desprende la joven.
Una vez casados, Jan ha de volver a la plataforma
a trabajar. Bess, en una oración bondadosa
e inocente, pide a Dios que le haga regresar junto
a ella, pero no sabe el precio que tendrá que
pagar ...
Jan regresa después de un grave accidente.
Paralizado e impotente pide a Bess, bajo los efectos
de fármacos, que se entrege a otros hombres
y de esta manera poder relatarle en el hospital los
encuentros para suplir la falta de sexo.
Estamos ante una película que es como una estampa
de sufrimiento, de aquellas que no se olvidan y no
dejan indiferente a nadie.
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Es como una fábula estructurada en ocho episodios
y un epílogo introducidos por poéticas
imágenes con canciones de Bowie, Redd, entre
otros.
La estética es honírica, impresionante.
Esa cámara al hombro (según el manifiesto
Dogma) que muchas veces está desenfocada, perdida
y caótica entre los fuertes sentimientos que
se desatan, consiguiendo un ambiente más íntimo
que sabe captar el espíritu de los personajes.
Ver Rompiendo olas no es fácil,
hay que tener cierta fortaleza a la hora de verla,
porque puede ser que la experiencia única y
demoledora se convierta en una procesión de
dolor y angustia, ante al panorama que Von Trier nos
presenta.
Los simbolismos, la crítica social, esa lucha
constante contra la sociedad intransigente y una moral
donde los sentimientos desbordantes no tienen cabida,
llega al punto álgido cuando Bess, desesperada
y carcomida por el desprecio de los que la rodean,
se planta en las rocas gritando a pleno pulmón
de cara a las olas, mientras que estas con furia golpean
contra su frágil cuerpo y espíritu.
Bess es una persona especial, generosa, dulce, capaz
de engendrar maldad, pero con una tendencia marcada
a la depresión y a vagar por sus mundos imaginarios
y de color de rosa. Bess, dentro de la simbología
de la película, representa el amor en estado
puro y los sentimientos, que por mucho que se quieran
reprimir, son imposibles de apagar.
Emily Watson es el gran pilar de la película.
Su gran interpretación es épica y su
drama humano y cercano la convierte en mártir
de una sociedad decadente y pesimista, feliz cuando
es cruel, unida sólo para el mal y no para
el bien.
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