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Carta
Washington
En
mal barrio
Hay hijos de P... y hay hijuep..., me dijo una vez
un editor de El Diario de Hoy. Su contraparte norteamericano,
Clint Easwood, estableció la diferencia: los
hijos de p... no tienen la culpa de serlo.
En el oriente de San Salvador, los hijos niños de
las p... juegan cerca de la calle Celis y la Avenida Independencia,
en el Barrio Concepción. Si llegan a adultos acecharán
en esas calles que, hace un siglo, eran magnificentes con
esculturas, alamedas, y un comerciante chino eternamente
sedado en opio.
Esos niños van a la escuela de ese barrio y centenares
de ellos han tenido aquella maestra como maestra. Ella vive
cerca del parque Centenario, vive con un hijo que de ella
sola, y ella es de él. Cuando llega la madrugada,
ella camina a la escuela y los hijos de las p... llegan,
algunos bañados y otros con piojos, algunos inmaculados
y otros llevan en el uniforme las manchas de una pieza de
mesón compartido con una madre y demasiados hombres.
La maestra les enseña las letras, las primeras para
muchos serán todas las letras de su vida. Para ella,
esos niños son iguales a todos los niños,
hasta que un destello le hace ver la dinamita de sus vidas:
un niño de 7 años -pelo negro, mirada torva-
lleva una navaja a la escuela; otro, de 6 años, tiene
el cabello castaño y llega con un mechón teñido
de verde. La maestra le pregunta ¿quién
te tiñó el pelo?, conociendo lo que
saldría de esa boquita: las p.... La
maestra tiene hermanas cuyos nombres están en los
escalafones de universidades, una en El Salvador y otra
en Estados Unidos.
A ella los escalafones le estorban: significan que alguien
está arriba de vos. A ella le importa su hijo, cuyo
padre llegó uniformado y se fue como desertor--ella
le consiguió trabajo cuando, sin gloria, regresó--.
A veces le importa la Liebre de Marzo, el hombre que llega
a dormir, de vez en cuando, con más ojos para el
reloj que para el tiempo.
Yo la conocí. La sigo conociendo, con sus costumbres
buenas y malas: sentarse a escribir novelas sólo
para ella, dar más de lo que tiene, amar en demasía,
leer esta columna, y ella sabe que escribí de ella.
Ojalá me perdone.
*
Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría
en Periodismo en Washington D.C.
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