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Carta
Washington
Abusos
y abusadores
Lo peor del abuso sexual es que llegás a creer que
fue culpa tuya. Abuso sexual no es sólo penetración
forzada, de hombre a mujer, de hombre a hombre, de mujer
a mujer-con palos de escoba, con falsos falos.
Abuso sexual es tocar sin autorización, abuso sexual
lo cometen padres, madres, hermanos y hermanas, tíos
y tías, hermanastros, hermanastras, novios, amigas
y amigos.
Mi querida Claudia fue violada por su padrastro en El Salvador,
repetidas veces, durante años. La violación
fue un mojón en su vida que la convirtió en
Claudia antes y Claudia después.
Los abusos comenzaron antes de la pubertad; Claudia era
la niña que usted goza mirando, la de ojos en sonrisa
eterna en cara de piel clara. Los años de abuso dejaron
una adolescente con miedo, avergonzada de su cuerpo y aborreciendo
la belleza que despertó el deseo.
Sin embargo, abuso sexual y sexo no tienen relación.
En una violación, el sexo es sólo el camino;
el verdadero fin es la dominación, la sed de controlar.
Los violadores son personas de tremenda inseguridad; muchos
han sufrido abusos físicos, orales, y sexuales que
les han clavado dudas sobre su virilidad, su inteligencia,
su capacidad de controlar algo, incluyendo ellos mismo;
muchos ni siquiera controlan sus esfínters y se orinan
en la cama. Como resultado, ellos buscan controlar y fácil
de controlar es un niño, una niña, un compañero
débil, una alumna tímida, una mujer solitaria,
un adolescente curioso. Un esposo inseguro descubre que
controla a su esposa cuando le da puñetazos; una
madre desequilibrada controla a sus hijos con gritos, amenazas,
y chantajes (me van a matar de un infarto);
un padre inseguro busca controlar a sus hijas y eventualmente
encuentra en el sexo la forma suprema de dominación.
Esas mentes desequilibradas nunca aprendieron que el amor
es dar más que recibir, que sexo es entregarse y
no poseer.
El deseo no produce violaciones, pero la violencia produce
violadores. Pero con triste frecuencia las víctimas
creen que hicieron algo para ser deseadas. Las víctimas
no hicieron nada, sólo tuvieron la mala estrella
de que su camino se cruzó con el de un desequilibrado.
Muchas víctimas creen que su cuerpo es culpable de
levantar deseos y tratan de destruirlo deformándolo
en gordura o consumiéndolo en raquitismo.
El manoseo tosco queda tan tatuado en el sistema nervioso
que las auténticas caricias crean repulsión
y hasta alaridos. Tu inteligencia queda tan golpeada que
vives preguntándote ¿por qué tuve que
salir esa noche? ¿por qué confié en
él (o ella, o ellos, o ellas)? ¿por qué
fui tan curioso? ¿por qué fui tan pend...?
La respuesta es entender que no fue culpa tuya ni de tu
cuerpo, que no hiciste nada para merecerlo, que el destino
te cruzó con la violencia hecha enfermedad. Y aprendelo
pronto antes que tu mente decida abusar de un cuerpo débil,
de una mente cándida.
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Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría
en Periodismo en Washington D.C.
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