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“Con gran tacto” el ministro dice a los viejos que se mueran

Más o menos lo mismo pontificó el inefable presidente del Central: la crisis financiera que sufre El Salvador no es culpa de los despilfarros, de la corrupción, de la incapacidad del régimen para administrar recursos, sino de las pensiones.

Ene 27, 2013- 18:02

El viceprimer ministro japonés no se anda con rodeos: el mejor servicio que los viejos, asistidos con recursos públicos, pueden hacer a su país, declaró, es morirse pronto. Pues al estar muertos dejan de ser una carga para “el Estado”, no será necesario mantenerlos enchufados ni ocuparse de entretenerlos ni medicarlos… Por tanto, “adieu”, “goodbye”, “andate via”, “weg mit euch”… En cualquier idioma, váyanse de una vez por todas.

Más o menos lo mismo pontificó el inefable presidente del Central: la crisis financiera que sufre El Salvador no es culpa de los despilfarros, de la corrupción, de la incapacidad del régimen para administrar recursos, sino de las pensiones. La conclusión implícita es que, en lugar de cobrar cada mes, los pensionados deben, en un acto patriótico, dejar voluntaria y apresuradamente este valle de lágrimas y disgustos.

De hecho los dos últimos ilustrados gobiernos han partido de una similar premisa: no se justifica esperar que los trabajadores, en los años dorados, se gasten sus ahorros de las AFP; mejor se les cae encima ahorita mismo, pues de todas maneras con la pésima atención que el sistema de salud y el Seguro “Social” dan a la gente, lo probable es que no lleguen a muy viejos y fallezcan antes de ser una carga más.

Los esquimales, emparentados racialmente aunque de lejos con los japoneses, siguen una política acorde con la del ministro nipón: cuando un esquimal deja de aportar a su pequeño clan su cuota de peces y frutos del mar, colocan al pobre en una canoa con una modesta provisión de comida y empujan la pequeña barca aguas adentro… Como sin duda se debe estar pensando no sólo en este suelo, sino también en la mayoría de países del mundo industrial donde los sistema previsionales están prácticamente en bancarrota.

Si ahora no hay para pagarles, ¿cómo será dentro de 30 años?

La macabra postura recuerda tanto una comedia de Cary Grant, “Arsénico y encajes”, que trata de dos ancianas que invitaban a viejos sin hogar a tomar té, le agregaban a la infusión arsénico y en tal forma adelantaban la partida de sus huéspedes a la vida feliz en el más allá, como hacía una enfermera en sanatorios de Austria que, al ser capturada y confesar, provocó pánico en la gente “menos joven” del país.

En las sociedades masivas, desde los babilonios hasta los chinos en la actualidad, los pobladores con frecuencia pierden su rango de personas dotadas por el Creador como seres de dignidad innata, para convertirse en piezas colocadas en el inmenso tablero de fuerzas que llegan a aplastar lo que se interpone en su camino.

Esa ha sido la suerte de los súbditos de regímenes totalitarios, como de las sencillas comunidades que se asentaban por la fuerza alrededor de campamentos guerrilleros para servir de escudos humanos. Ellas ponían los muertos.

Los viejos, en parte, tienen la culpa de que se les vea como estorbo, pues en su momento, con sus demandas irreflexivas y sus votos, contribuyeron a crear los esquemas políticos que rigen hoy en día y que se han deshumanizado.

Estos vendavales son el resultado de los vientos que se sembraron, el querer asegurarse un bienestar que dejaban a las jóvenes generaciones la tarea de sostenerlo. Si ahora los viejos son carga, ¿qué ocurrirá dentro de treinta años?

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