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Úrsula, las once mil vírgenes y Carpaccio de piña y peras

Lo trágico de esta historia es que Venecia muere, literalmente se está hundiendo —un metro en doscientos años— a lo que se agrega el efecto terrible de la sal sobre piedras, muros y edificaciones.

Ene 24, 2018- 22:06

“Es que hubo alguna vez once mil vírgenes”, se preguntó don Enrique Jardiel Poncela en un libro que hizo y sigue haciendo las delicias de lectores en el mundo hispánico.

Sí que las hubo en tiempos de Santa Úrsula, una santa de origen polaco que protegió a jóvenes con vocación religiosa de las persecuciones de los bárbaros, aunque se dice también que lo de “once mil” es un error de interpretación de textos latinos, once mil por once.

Y el pintor del ciclo de Santa Úrsula, Vittore Carpaccio, hace un esfuerzo para ilustrar tal santo gentío en las obras que se atesoran en la Galería de la Academia en Venecia, ubicada justo en el punto donde está el segundo puente del Rialto.

Fue durante una muestra de la obra de Carpaccio que el dueño del Harry’s Bar, Gran amigo de Hemingway y aparentemente muy buen empinador del codo, presentó en su restaurante un nuevo plato: carne cruda cortada muy fina con aderezo de aceite de oliva y raspaduras de parmesano.

Los encantados clientes preguntaron a Harry cuál era el nombre de esa especialidad, a lo que éste, a falta de un nombre pero pensando en la muestra artística del momento en Venecia, respondió: “Carpaccio di Manso” (los bueyes son “mansos” en Italia, a diferencia de los toros, de donde sale el nombre de otro plato, el “manso bollito” que es buey hervido no embriagado).

Y “carpaccio” se usa para denominar lo que se sirve crudo, incluyendo suculentos cortes de piña y peras que se sirven al final de un festín de pasta.

Jardiel Poncela hizo una gira por Hispanoamérica para promover su libro y estuvo en El Salvador, donde ofreció una agradable conferencia aunque sin tocar estadísticamente si “hubo alguna vez once mil vírgenes”.

El museo de la Academia es uno de los mejores museos del mundo, donde se conservan obras de los grandes pintores venecianos y renacentistas, entre ellas “La Tempestad” de Giorgone, una obra enigmática que muestra a una joven casi desnuda con un bebé en brazos mientras una tempestad amenaza en el horizonte.

Y allí, casi a la entrada, sobre una escalinata, hay un cuadro muy tierno de la Presentación de la Virgen Niña en el templo.

¿Cómo puede salvarse el tesoro inmenso que es Venecia?

Lo trágico de esta historia es que Venecia muere, literalmente se está hundiendo —un metro en doscientos años— a lo que se agrega el efecto terrible de la sal sobre piedras, muros y edificaciones.

La única solución sería cerrar la laguna, des-salinizar el agua y meter pilotes de concreto bajo los edificios, una tarea enorme en sus complejidades y su costo.

Pero en juego está la existencia de palacios, templos y edificaciones que son uno de los más preciados tesoros de la humanidad.

Piénsese que el último Leonardo que salió al mercado fue vendido en doscientos millones de dólares y partiendo de allí lo que cuesta cada uno de los cuadros, murales y mosaicos que se encuentran en Venecia, comenzando con la Asunción de María del Tiziano en “Santa María Gloriosa dei Frari”.

En todo el mundo refinado los “carpaccios” hacen delicias de aficionados a la buena mesa, pese a que muy pocos van a recordar el ciclo de “Santa Úrsula y las veinte mil vírgenes”.