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No oigan lindas promesas, sino averigüen su pasado

Olvídense, estimados lectores, de lo que andan prometiendo los candidatos y las grandezas que dicen de sí mismos. Si no quieren ser estafados, averigüen lo que dicho señor hizo antes

Ago 06, 2013- 18:02

Por la ingenuidad de muchos electores, los candidatos se mueven de un extremo a otro de la República, o de cualquier república, ofreciendo maravillas y exponiendo lo que harán de llegar al poder. Pero una vez instalados o se olvidan de lo que prometieron o cogen camino por otros rumbos, como el ya difunto Chávez de Venezuela que engañó de las orejas al rabo a los venezolanos.

¿Cómo se maneja en estos menesteres la gente sensata?

Tomemos el caso de un gerente que debe contratar un técnico o un ejecutivo. Primero lo evalúa de vista, mira y oye cómo se expresa, le hace preguntas, le pide que escriba, allí mismo, un resumen de sus experiencias, examina sus credenciales…

Pero luego pregunta a sus previos jefes sobre el desempeño del candidato, pide referencias de trabajo y recibos de pago de alquiler, quiere un certificado de buena conducta y, en algunos casos, manda a averiguar con los vecinos su comportamiento y costumbres.

Lo que prometa y dice saber es de segunda importancia. Lo decisivo son las credenciales y los testimonios.

Olvídense, estimados lectores, de lo que andan prometiendo los candidatos y las grandezas que dicen de sí mismos. Si no quieren ser estafados, averigüen lo que dicho señor hizo antes, las compañías que tuvo, si carga con un pasado de infamias, si se comportó como un desalmado o un sinvergüenza. Muy bonito puede hablar alguien, pero si fue un asaltante o un homicida, nadie en su sano juicio debe votar por él.

Nuestro estimado colaborador Carlos Mayora dice que lo importante es la educación y, por lo tanto, los planes educativos que ofrezcan los candidatos deben guiar a los votantes, más que las promesas sobre crecimiento económico.

Es de esperarse que salgan algunos ofreciendo institutos técnicos en todo poblado con más de diez mil habitantes, un programa de “ciudad estudiante” y de “ciudad kindergarten”, becas a aquellos que saquen buenas notas y demuestren capacidad de análisis socio-político-coyuntural-solidario-zurdo y “etcétera, etcétera, etcétera”, como enfatizaba el Rey de Siam.

Pero si en su vida anterior a los jóvenes los sacaban a respirar aire puro en sus marchas militares para convertirlos en carne de cañón, “a palabras necias, oídos sordos”; que nadie luego se queje de votar por un maistro y despertar luego bajo un cruel y fanático capataz.

¿Cómo pagaremos grandiosos programas estando en quiebra?

La educación es una de las fórmulas para escapar del subdesarrollo, pero no la única. Históricamente los pueblos ahora prósperos se levantaron, pese a la deficiente educación de los pobladores; lo que les valió fueron instituciones fuertes y una economía libre, que educa y forma a quienes incorpora en su trabajo.

Y en un país endeudado y casi en bancarrota como El Salvador, simplemente no hay recursos para pagar un sistema educacional de calidad, por lo que soluciones creativas y programas que incentiven y enseñen son la única salida. De hecho, en las comunidades donde se han asentado maquilas y fuentes de trabajo los pobladores han ido responsabilizándose, educándose y aprendiendo oficios y habilidades, pues en las maquilas hasta buenos hábitos higiénicos adquieren.

No hay que molestarse en comparar promesas electorales, sino hacerse tres preguntas: cuál es el pasado del candidato, con quiénes anduvo y cómo es que se pagará lo que con tanta ligereza ofrece.

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