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Malala en las Naciones Unidas: tenemos derecho a educarnos

Se dan incongruencias que rayan en lo infernal, como prohibir a un médico hombre examinar a una mujer, pero también prohibir que mujeres ejerzan como médicos, lo que deja a las féminas desamparadas

Jul 15, 2013- 18:00

Malala Yousafzai, la niña que fue agredida a balazos por pregonar el derecho de las musulmanas a ser educadas y tener iguales oportunidades que los hombres, habló ante las Naciones Unidas para exponer el drama sufrido y su firme determinación de seguir en su lucha.

El ataque a Malala, al igual que la desfiguración con ácido de una joven de 21 años, Fakhra Junus, los incontables casos de asesinatos y lapidaciones de mujeres “por honor”, como la obligación de cubrirse de pies a cabeza, están generando conciencia entre las mujeres del mundo islámico, que comienzan a rebelarse ante sus opresores.

El primer derecho que reivindican es el de ser educadas, asistir a escuelas y universidades, poder formarse profesionalmente y no depender de los hombres en sus familias.

En ciertas regiones de Pakistán, especialmente en Afganistán, asistir a clases representa un peligro mortal para niñas y muchachas.

Muchas escuelas de jovencitas, en esas lúgubres naciones, están amuralladas y son custodiadas por guardias armados, ya que educar a las mujeres es visto por los talibanes y otras sectas fundamentalistas como contrario “a las enseñanzas” del Islam. Saber leer, aprender lo esencial de ciencias naturales, manejar bien los números, “desnaturaliza” a la mujer, que debe someter su vida a lo que los miembros masculinos en su entorno dispongan.

Para los fundamentalistas, las mujeres no pueden ir por la calle a menos que las acompañe un hombre de su familia, deben cubrirse de la cabeza a los pies y, en los casos más extremos, taparse la cara con un velo que apenas tiene una ranura para uno de sus ojos.

Además se dan incongruencias que rayan en lo infernal, como prohibir a un médico hombre examinar a una mujer, pero también prohibir que mujeres ejerzan como médicos, lo que deja a las féminas desamparadas.

Como en la antigua China, muchos médicos tienen figuras de cerámica para que sus pacientes mujeres, a las que no pueden tocar, les señalen donde sufren problemas o dolores.

Se inicia con la educación, sigue arrojar los velos…

Pero cuando se llega al extremo de lo irracional, de lo diabólico, inician las rebeldías. A partir de ese momento es difícil echar marcha atrás pero, particularmente, en un mundo en el que hasta los pueblos más primitivos tienen acceso a la información y pueden contemplar la manera en que se vive en los países del Primer Mundo, del mundo capitalista.

No todas las mujeres en Afganistán o Pakistán tienen acceso a la Internet o a transmisiones del Primer Mundo, pero algunas lo tienen y son ellas las que propagan lo que ven y oyen. Y una de las impactantes nuevas es que en Occidente la mujer es libre, es educada y tiene similares oportunidades que los hombres.

Malala es una de muchas; está Urmila, de 22 años, de Nepal; Fatmam, de Sierra Leone; Parvati, de la India; Fabiola, de Camerún, todas menores de veinticinco años que han ido aglutinando a su alrededor a otras jóvenes hartas de la imbecilidad entronizada.

Su primer paso es poder ir a la escuela, el segundo mostrar su rostro, el tercero tirar los velos, el cuarto poder transitar y trabajar por sí mismas. Esto debe iniciar en las barriadas musulmanas de Europa, algunas tan fanatizadas como áreas de Pakistán, y de allí conquistar el mundo.

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