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Los viajes innecesarios, viajes que cuestan oro

Hay siempre un alto costo por cada viajecito, dinero que no sale del bolsillo de los funcionarios, sino de los presupuestos públicos

May 26, 2013- 18:02

Con tantas carencias que sufre la población ––desde hospitales desabastecidos de medicinas hasta escuelas a punto de cerrar por falta de fondos— los incesantes y costosos viajes del Ejecutivo, el último fue una visita al Papa Francisco, caen como sal sobre heridas.

Normalmente cuando un gobierno agradece a otro —en este caso el Vaticano– se hace a través de la representación diplomática acreditada en ese país. La Nunciatura recibe notificaciones, tramita mensajes y es la instancia que conoce y armoniza los intereses de ambas partes, la del Vaticano y la de El Salvador. Con eso también se evita que se llegue tarde a una audiencia con el Papa.

Hace muy poco, cuando el Papa inició su apostolado en marzo, hubo otra misión del Ejecutivo, que debe de haber implicado altos gastos, nutrido séquito, pasajes de primera clase, hoteles de lujo, limosinas, banquetes, compras. Era explicable, empero, que personalidades de rango mundial como las salvadoreñas asistieran al lado de mandatarios europeos y miembros de la realeza.

Esta vez, por impuntualidad, la visita estuvo a punto de ser cancelada. Se llegó, se saludó y “arrivederci…”, pero hay siempre un alto costo por cada viajecito, dinero que no sale del bolsillo de los funcionarios, sino de los presupuestos públicos.

En esto, recordando un símil clásico, cuando se usan partidas presupuestarias para lo innecesario se dejan al descubierto necesidades apremiantes. Los dispendios y lujos de los funcionarios se pagan a costa de los servicios públicos, de las comunidades azotadas por la violencia y de las escuelas con los techos en mal estado, en las que muchos alumnos tienen que recibir sus clases sentados en el suelo.

El Papa Francisco habría sido el primero en comprender y aprobar que el mensaje hubiera llegado por intermedio de la Nunciatura, sabiendo que en un país pobre y, además, un país que se empobrece mes a mes, no sobra dinero para misiones a Roma. Es dinero que se resta a los servicios esenciales que necesita la gente, la gente que no tiene los recursos para obtenerlos por su cuenta.

Sobran policías escoltas y faltan policías en las barriadas

En los malos tiempos, en las calamidades, la gente “tiene que apretarse el cincho”, ser austera, recortar el gasto superfluo, vigilar cada centavo. Y eso, precisamente, es lo que están haciendo los griegos, los españoles y los irlandeses, como también los usulutecos, los pobladores de Soyapango y los santanecos, las personas que tienen algún sentido de responsabilidad y que se ajustan para superar una crisis.

Lo hace la mayoría pero no lo hace la clase política que, además de incrementar el gasto propio, se rodea de costosas escoltas, cambia vehículos, hace viajes que no necesitan, se festejan unos a otros. Los dueños de restaurantes cuentan cómo, para dos comensales, hay con frecuencia hasta diez guardaespaldas esperando fuera y cuatro o cinco vehículos, el propio y la escolta.

Como si las escoltas fueran gratis, una prestación que cae del cielo y que nadie tiene que pagar. Pues también hay escoltas para la mujer, para los hijos, para la madre, para la cocinera cuando sale al supermercado. Sobran los policías, policías con licencia para patear al irrespetuoso, como faltan los policías en la periferia de San Salvador, allí donde asaltan y extorsionan.

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