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La pobreza no se supera regalando uniformes y semillas

Son programas que "a nadie enseñan a pescar", no mejoran la capacidad de trabajo ni los conocimientos ni las destrezas ni fomentan la responsabilidad personal

Feb 28, 2013- 18:00

En los primeros momentos del actual régimen se planteó la gran interrogante:

“¿Por qué hay pobres y cómo podemos sacarlos de la pobreza?

“Pues los pobres son pobres porque no tienen dinero y carecen de bienes elementales como alimentos y ropa…”

De allí los programas sociales que se vienen impulsando desde hace ya casi nueve años: repartir chequecitos, bolsas de semillas, uniformes escolares, vasos de leche…

O, recordando un viejo proverbio chino, regalan pescado, o roban pescado para luego regalarlo, pero no enseñan a nadie a pescar. No son programas sostenibles por sí mismos, se prestan para favorecer a unos sobre otros, a montar campañas proselitistas, a engañar a la población de que “estamos haciendo mucho por el pueblo”. Y de esos repartos es que se nutre gran parte de la propaganda oficial, más costosa para el país que las supuestas caridades.

Como no es posible fiscalizar por mecanismos independientes lo que se gasta y lo que en verdad se reparte, muchos piensan que los programas son una mampara detrás de la cual se cubren otros movimientos de dinero. Pero además, como “la caridad comienza en casa”, los primeros que han mejorado su tren de vida y sus patrimonios son los miembros la familia real y de la clase política, lo cual les resulta imposible esconder.

¿Por qué decimos que esa clase de programas no son sostenibles, como cuando se habla de desarrollo sostenible?

Los repartos no son sostenibles por la simple razón de que en nada incrementan la capacidad de producción, o incentivan a las personas que se benefician a trabajar por su cuenta y salir de la pobreza.

O, como dice el proverbio chino, son programas que “a nadie enseñan a pescar”, no mejoran la capacidad de trabajo ni los conocimientos ni las destrezas ni fomentan la responsabilidad personal, que es la base de todo progreso. Y lo peor es que genera dependencia en los que reciben esos subsidios de comida, de uniformes y de dinero.

Mucho puede hacerse al no caer en ocurrencias

Cuando los repartos finalizan y se mueven a otra comunidad (pues no hay dinero para ayudar a toda la población) la gente queda peor, ya que ha dejado de valerse por sí misma y resiente que no se le continúe “ayudando”.

Lo más grave es la actitud que genera en los niños y jóvenes, al ver que es el Gobierno, y no sus familias, el que los vista y los calce.

Por falta de análisis, por no ponerse a reflexionar sobre cuáles son las mejores maneras de beneficiar a las comunidades pobres es que, en vez de repartir uniformes y zapatos, una ocurrencia elemental, se debió emprender un esfuerzo para mejorar las escuelas del país en su infraestructura: dotarlas de servicios sanitarios que funcionen, de reservas de agua, reparar techos y paredes, colocarles muros… esas serían obras perdurables y en ese esfuerzo se pudo involucrar a las comunidades.

Igual con respecto a vecindarios y barriadas: arreglar sistemas de tuberías, pavimentos, dotación de corriente eléctrica, formar embalses para recoger agua, protegerlos de inundaciones o deslaves… pero no. Lo que hacen es repartir los chequecitos y las bolsas de semillas, lo cual no ha tenido impacto alguno en la producción de alimentos.

Estas experiencias servirán de mucho a futuros gobiernos y más a gobiernos cuya prioridad sea el desarrollo.

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