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La frase más inocente puede llevar al patíbulo

La alianza entre el chavismo, el castrismo y el fundamentalismo musulmán no debe extrañar, pues son movimientos fanáticos que creen estar en posesión de la verdad.

Feb 26, 2013- 18:02

La policía de Pakistán acusó al embajador de su país, en Washington, de cometer blasfemia, un “crimen” castigado con la pena de muerte. Cualquier mención del profeta Mahoma que alguien interprete como derogatoria, irrespetuosa, burlona o contraria a su imagen oficial, puede terminar, si no en el patíbulo, en un encarcelamiento por tiempo indefinido mientras se determina si hubo o no delito.

Es más: según la Sharia, un musulmán puede matar en el acto a alguien que juzgue blasfemo, e inclusive se dio el caso de una persona acusada por romper una tarjeta de visita con el nombre de Muhammed y que se refería a la persona identificada, no al Profeta. Esto equivale a llegar a extremos alucinantes, ya que el nombre de Muhammed y sus variantes son muy comunes en el mundo islámico.

Hace un tiempo un par de abogados interpuso un recurso ante la Corte Suprema del país, para que se derogara esa ley. El recurso no prosperó y los dos abogados fueron asesinados.

El problema es que, con sus variantes, en la mayoría de países del Medio Oriente, el norte de África y en regiones subsaharianas, las corrientes fundamentalistas islámicas, encabezadas por la fraternidad musulmana, están imponiendo su ley de intransigencia, que considera enemigos a los “infieles” y predica la guerra santa para llegar a la dominación mundial.

Entre otros acontecimientos, bandas de fundamentalistas enloquecidos atacaron Malí, destruyeron mucho de su patrimonio artístico, torturaron a los pobladores y estaban en camino de derrocar al Gobierno, hasta que fuerzas francesas intervinieron para repeler la invasión.

Un grupo ligado a los agresores secuestró una planta de extracción de gas y asesinó a varios extranjeros, hasta que el Gobierno argelino sofocó el ataque.

Con estos movimientos fanáticos, en gran parte subvencionados por la teocracia iraní, la de los ayatolás, es que Chávez pactó alianzas, facilitándoles vuelos entre Teherán, Caracas y Managua.

La alianza entre el chavismo, el castrismo y el fundamentalismo musulmán no debe extrañar, pues son movimientos fanáticos que creen estar en posesión de la verdad.

Las cacerías de brujas en medio de la modernidad

En el Medievo, los reinos islámicos de Andalucía, una variante única en la historia de esa religión, eran esplendorosamente tolerantes, lo que condujo a la convivencia pacífica y creadora de musulmanes, cristianos y judíos. Esto mientras en el Oriente, en Bagdad y Damasco, la norma era la ciega intolerancia, como ciega intolerancia movía a los reinos cristianos de España. O como dijo un escritor español, “cuando los talibanes éramos nosotros”.

La naturaleza de los fundamentalistas, al igual que de los comunistas, es el rechazo a lo espontáneo, a lo racional, a la alegría, al color. Es muchísimo más abierto el ambiente en El Cairo de hoy, que el de La Habana o lo que fue Sofía cuando Bulgaria estaba bajo el comunismo.

La amenaza sobre Occidente, sobre su libertad de pensamiento, cultural, filosófica, artística, es pavorosa, no sólo por los fundamentalismos religiosos, sino también por las sectas políticas que quieren revivir los estados totalitarios que desaparecieron con el derrumbe del Muro de Berlín. Ciega intransigencia hay bajo los Castro, como en Teherán, en Afganistán y en Karachi.

Pero asimismo, los ataques a personas y escritores por usar términos “ofensivos” a hechos y grupos, o burlarse de los matrimonios gay, es otra imposición sobre las libertades individuales.

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