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Vida, pasión y muerte de Chávez

Por Por Gina Montaner

Ene 14, 2013- 18:00

Ya da igual que Hugo Chávez esté vivo. El pasado jueves el propio gobierno chavista se encargó de anticipar sus exequias en una multitudinaria procesión que enterró al hombre para resucitar al mito.

Desde que al mandatario venezolano le detectaron un cáncer en el verano de 2011, siguiendo sus indicaciones, su entorno se ha dedicado a jugar con la psiquis del pueblo por medio de la desinformación y el chantaje emocional. Se hizo evidente que los médicos cubanos le habían diagnosticado un mal incurable y era preciso apuntalar la modalidad del chavismo sin Chávez, antes de que ya no pudiera asomarse al balcón de Miraflores.

Lo que sucedió el 10 de enero fue una insólita ceremonia que celebró la no juramentación de un jefe de Estado, que seguramente nunca volverá a gobernar.

Se trataba del penúltimo capítulo de una saga que se comenzó a reescribir con la colaboración del régimen castrista en las idas y venidas de Chávez a La Habana, en busca de un milagro médico que, si bien no lo salvaría, al menos le alargaría la vida hasta ganar unas elecciones que amarraría el destino de los venezolanos a la “revolución del Siglo XXI”.

Era preciso tirar de la aplastante maquinaria oficialista para que Chávez fuera reelegido. Lo demás vendría rodado. A fin de cuentas Nicolás Maduro, su vicepresidente y sucesor; junto a Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional y díscolo escudero de Maduro, no se inmutarían a la hora de reinterpretar a su antojo el libro azul de una Constitución que, según la cúpula chavista, está llena de meros formalismos que no hay por qué cumplir.

De ese modo, y con el respaldo de un Tribunal Supremo de Justicia que es guiñol del aparatchik, hoy Venezuela es un país gobernado por un presidente muy enfermo que no gobierna ni se encuentra en el país.

El 10 de enero las calles de Caracas fueron el escenario de una grotesca pantomima, a la que se prestaron miles de ciudadanos dispuestos a jaranear en la comitiva con carteles que juntaban la imagen de Jesucristo con la de Chávez. Ambos habían dado la vida por salvar a la humanidad. Uno murió en la cruz y el otro padecía la última fase de su calvario particular en un hospital de la capital cubana.

Como corderos obedientes, la multitud secundó el lema de “Yo soy Chávez”. Se había logrado que la marea humana cubriera el vacío de un hecho irrefutable: estaban solos y a la deriva a pesar del espectáculo organizado y la compañía de personalidades extranjeras que se sumaron al carnaval político.

Es lastimoso tener que recurrir a la especulación que ha provocado el hermetismo de un Gobierno que no respeta las reglas más básicas de un Estado de Derecho y transparente.

No obstante, por las señales inequívocas de que ya su comandante en jefe no se puede exhibir, lo más probable es que Hugo Chávez nunca más retome el poder. Entonces, ¿cómo se explica el montaje del 10 de enero con alabanzas y discursos que ya lo colocaban en el olimpo de los que descansan eternamente? Sencillamente era el preludio al acto final de un vía crucis en Semana Santa.

Empuñando sus pancartas, el pasado 10 de enero los chavistas dieron un paso más para alimentar el mito del que ya sacan provecho. Desde hace tiempo sabían que eventualmente el teniente coronel no regresaría y había llegado el momento de convertirlo en souvenir de la Patria. El póster de Jesucristo y Chávez era la muda ilustración del desenlace. (Firmas Press).

*Twitter: @ginamontaner

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