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Cuaresma, un llamado a la conversión

Por Padre Óscar Rodríguez Blanco

Feb 10, 2018- 17:37

Llega nuevamente la Cuaresma. Es un proceso que nos conducirá a la fiesta cumbre del cristianismo: la Pascua. Se inicia con el rito penitencial de la imposición de ceniza sobre nuestra frente. Resonará una vez más en el corazón y la mente de cada cristiano, la llamada a la conversión: “Conviértete y cree en el Evangelio”, o la reconocida sentencia, “recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. El pueblo judío, en sus momentos penitenciales, se cubría la cabeza de ceniza. Lo mismo hacían también los ninivitas para manifestar su deseo de cambiar de vida. Los primeros cristianos, para reconciliarse con Dios, se presentaban el Jueves Santo con un hábito penitencial y ceniza en la cabeza.

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y a Él tendremos que regresar, es una realidad que no tiene retroceso. Recibir la ceniza no es un gesto mágico que perdone los pecados o nos haga mejores; es un rito que llama a la conversión y a la renovación espiritual; es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Todas las cosas materiales se acaban, a la eternidad nos llevaremos solo el fruto de las buenas obras.

La salvación es un regalo de Dios que requiere una respuesta y se necesita, como dice el Papa Francisco: “Renacer nuevamente de lo alto, renacer al amor de Dios. La Cuaresma es un camino que en verdad requiere empeño, como es justo que sea, porque el amor es comprometido. La dificultad de atravesar el desierto forja una esperanza fuerte, al recordar el paso del pueblo de Israel por el desierto”.

El llamado a cambiar de vida que nos pide el Evangelio tiene una triple dirección: apertura a Dios en la “oración”, apertura a los demás con la “limosna” y un autocontrol personal con el “ayuno”. Son actitudes que adquieren sentido si existe voluntad de conversión. El ayuno es evangélico pero hay quienes lo practican por motivos muy personales como mejorar la salud, para verse mejor e incluso como protesta. El ayuno cuaresmal tiene una finalidad muy distinta pues pretende acercarnos a Dios y al prójimo. “Ayunar” no es solo abstenerse de comidas y bebidas. El Santo Padre, citando al profeta Isaías, dijo que el ayuno, de acuerdo con la visión de Dios, consiste en “soltar las cadenas injustas”, “dejar en libertad a los oprimidos”, pero también “compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo”, “cubrir al que veas desnudo”. El espíritu del ayuno nos invita a privarnos de nuestro egoísmo, odios, perezas, resentimientos, venganzas e impurezas. Los cristianos estamos convencidos de que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra salida de la boca de Dios” (Mt. 4, 4). El verdadero ayuno, enseña Jesús, no consiste sobre todo en prácticas externas para ser vistos por los hombres, sino en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). El verdadero ayuno tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”.

La “limosna” que nos recomienda el Evangelio no es dar de lo que nos sobra, ni por obligación ni por sentir limpia la conciencia. Es una práctica justa que agrada a Dios. Se puede dar desde la pobreza. Si damos de corazón en la medida de nuestras posibilidades, Dios proveerá a nuestras necesidades. “Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla corroe”. (Lucas 12, 33).

La oración que sale del corazón nos acerca más a Dios, sin oración no se sostiene el ayuno ni la limosna. Todo cristiano necesita “convertirse”, abandonar todo aquello que le aparte de Dios. Solo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad. La Cuaresma está muy cerca, abramos nuestro corazón a Dios.

* Sacerdote salesiano