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La tarea cívica más urgente

Por René Fortín Magaña*

Feb 06, 2018- 19:56

Recuerdo muy bien cuando, lejos de la ciudad, recibí las primeras noticias acerca de las nuevas disposiciones constitucionales relativas a la elección de los funcionarios de segundo grado, en especial de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Cuando las leí “me saltó de gozo el corazón” (como dice Rubén Darío en carta a Don Francisco Gavidia) pues, con ellas, dábamos un salto de calidad más que significativo en nuestra organización institucional. El nuevo procedimiento para elegir a los señores magistrados, mediante la convergencia del Consejo Nacional de la Judicatura y la Federación de Asociaciones de Abogados en la fase propositiva, resultaba más que benéfico.

Antes, queridos jóvenes, concentrado al poder en el Presidente de la República, tenía él en sus manos prácticamente a la Asamblea Legislativa y al Órgano Judicial. Y tamañas facultades no había quien dejara de utilizarlas convirtiendo al sistema de gobierno en una dictadura. La soberanía, en efecto, radicaba en el dedo del gobernante, y la separación de poderes preconizada por Locke y Montesquieu se convertía en uno solo, explosionando el orden republicano de gobierno.

Frente a semejante escenario, no pueden negarse las bondades teóricas del nuevo sistema. Por una parte el Consejo Nacional de la Judicatura, y por otra la Federación de Asociaciones de Abogados configuran, en paridad, un listado de treinta aspirantes a la magistratura entre las cuales la Asamblea Legislativa elige a los nuevos magistrados de las diferentes salas. De ese listado, además, la Asamblea Legislativa elige directamente a los magistrados de la Sala de lo Constitucional (cuatro en el presente caso) cuya actuación, en general, no puede menos que calificarse de plausible.

Las condiciones para ser magistrado están expresamente señaladas en el artículo 176 de la Constitución y no voy a trascribirlas. Solo diré dos cosas:

Una, el requisito de moralidad y competencia notorias que es una norma abierta, antes se daba por sentada. Ahora, admite su indagación mediante los trámites de una normativa infraconstitucional.

Y, dos, la enumeración de las condiciones expresadas en la disposición arriba mencionada no incluye la palabra independencia que es, por cierto, el más importante de los requisitos. El artículo 172 lo afirma categóricamente: “Los magistrados y jueces, en lo referente al ejercicio de la función jurisdiccional son independientes y están sometidos exclusivamente a la Constitución y a las leyes”. En efecto, ¿de qué serviría un talentoso magistrado sin carácter, que postra sus decisiones a fuerzas ajenas? De nada. O, peor aún, mancha su alta investidura, corrompe la justicia, ocasiona un grave daño nacional y provocar la vindicta privada. Con cuánta razón dijo alguna vez José Martí: “El talento sin probidad es un azote”.

Pues bien, tenemos para el caso un buen régimen constitucional. Pero, como dondequiera destila su veneno la serpiente, debemos tener sumo cuidado para que en la práctica se cumplan los nobles propósitos de la Constitución.

Dado el estado casi fallido en que se encuentra la Nación por el brutal estallido de la violencia y la imparable corrupción, se hace necesario esforzarse por llevar a la Asamblea Legislativa y a los consejos municipales a los mejores ciudadanos. No queremos magistrados como los de Venezuela que actúan en nombre de una revolución retrógrada comandada por un déspota sanguinario que mancha el nombre de Bolívar; ni como los de Bolivia que pretenden eternizar a un gobernante que se siente tocado por los dioses y las voces secretas de la madre tierra; ni como los de Nicaragua que han convertido a su país en una satrapía; ni como los de Honduras que, volviendo a prácticas reeleccionistas ya condenadas por la historia, han provocado una severa crisis social en su pueblo.

No. Queremos funcionarios patrióticos que sepan actuar con pundonor pensando en el bien común y el interés general, y no para favorecer los intereses personales, de partido o de padrinos ocultos.

Cuidar el sufragio en todas sus facetas, se constituye, por consiguiente, en la más apremiante tarea cívica.

Queridos jóvenes: más que la esperanza del futuro ustedes forman el batallón de la rectitud del presente que necesita nuestra Patria ¡Unámonos en una cruzada decidida y audaz para salvarla! Avancemos. El reloj de la historia no camina hacia atrás.

*Exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, columnista de El Diario de Hoy