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Tan lejano como la orilla del Universo

Los políticos harían bien en bajarse de la nube en que se encuentran, a cien millones de años luz de la realidad en que vivimos.

Por Max Mojica*

Dic 03, 2017- 17:22

El viaje es cansado, pero bello como ningún otro. Verlo es un privilegio, es como estar unos segundos en el trono de Dios. Por unos instantes se puede percibir en el alma, en el corazón y en el entendimiento, como sintió el Creador, cuando según la tradición judeo-cristiana, descansó al séptimo día y se congratuló con la vista de todo lo creado.

A cien millones de años luz, el Universo se aprecia como una densa interconexión de estrellas y galaxias, todas ellas conteniendo planetas, lunas y cometas. Una cuasi infinita estructura celeste que regala belleza y promete vida en cada uno de sus sistemas intensamente interrelacionados entre sí, que a la distancia, se perciben enredados unos a otros como dos amantes enamorados, retozando en plena tarde del verano de sus vidas.

A diez millones de años luz, el viajero podrá observar la Vía Láctea junto a su vecina, la Galaxia Andrómeda; extrañamente quietas, mientras se les asoma curiosa, como queriendo tocarlas, un grupo de estrellas que desde siempre ha llamado atención a los científicos y a los niños: la Osa Mayor. Más cerca, a un millón de años luz, nos salen a recibir las estrellas gemelas gigantes Leo I y Leo II, mientras la Galaxia de Bernardo guarda celosa distancia del Disco Estelar que contiene un cuerpo que a esta respetable distancia, no parece ser más que un minúsculo punto de luz: el Sol.

Mucho antes de llegar, a mil años luz de nuestro destino, las Estrellas Pléyades y la Nébula de Orión salen a nuestro encuentro para darnos un caluroso abrazo y para revelarnos su secreto: en el pasadizo que se abre en medio de ellas, si tenemos la constancia suficiente para avanzar novecientos noventa años luz adicionales, podemos estar seguros de ser guiados por la estrella Alpha Centauri hasta nuestro destino final, la Tierra.

A diez billones de kilómetros, si no tenemos cuidado, podríamos chocar con el satélite Voyager I, enviado por la NASA como un testigo privilegiado de la perfecta mecánica celeste. Un armatoste volador, repleto de luces y cables, fruto de la tecnología y de la inventiva humana. Un producto que nos hace reconocer orgullosamente que la época de las cavernas y el oscurantismo ha terminado, independientemente que subsistan algunas personas intencionalmente miopes, que viven sus vidas sumergidas en supersticiones, mitos e ideologías, ancladas en un remoto pasado evolutivo, plagado de misticismo y control social.

A cien millones de kilómetros el viajero hace una parada obligatoria para maravillarse con la perfecta matemática elíptica en la que navegan los “Planetas Interiores”, guardando calculada distancia entre sí, que permite una adecuada lejanía del Sol, precisamente para hacer viable ese santuario de vida inteligente, que cariñosamente llamamos la Tierra. Probablemente, esta se vea más armoniosa, pacífica y limpia, a prudente distancia; pero el viajero no se detiene, quiere conocer lo que hay en ella.

A diez mil kilómetros en el espacio se distinguen nítidamente sus océanos, sus continentes y sus cascos polares. A esa distancia luce misteriosa y bella, como una esposa ricamente ataviada, protegida su virtud por la coraza de su velo nupcial que es su atmósfera. A mil kilómetros, Centroamérica se dibuja verde y feraz. A cien kilómetros de altura se perfila El Salvador: una modesta extensión de tierra, llena de volcanes, lagos, ríos y mesetas, con montañas cubiertas de neblina y grises playas con rabiosas olas, propias del océano Pacífico. Un pequeño lugar que muchos de nosotros llamamos “hogar”. A diez kilómetros de altura se observa el gran San Salvador. Se nota su nula planificación y el desorden en que ha crecido. A un kilómetro de altura ya se puede apreciar su pobreza. Las promesas de belleza, vida inteligente y felicidad que se apreciaban desde el cinturón de Kuiper son cuestionables a esta altura.

A cien metros de altura podemos apreciar un cuerpo sin vida tirado cruelmente en el pavimento. El viajero se percata de que es uno de los cientos de salvadoreños cuyas valiosas vidas son arrebatadas por una violencia que desde hace mucho carece de sentido. Ya con los pies en la Tierra, el viajero se encuentra en medio del bullicio de una ciudad insegura, sucia y pobre, pletórica de criminalidad y desorden. Escasa de esperanza.

Los políticos harían bien en bajarse de la nube en que se encuentran, a cien millones de años luz de la realidad en que vivimos. Desde la lejana comodidad de sus escritorios, informes macro económicos, oficinas con aire acondicionado, carros blindados con guardaespaldas, quizás no se puedan dar cuenta de que, “a ras de piso”, los salvadoreños de a pie sólo encuentran sufrimiento, muerte y desesperanza. ¿Cuándo comprenderán que el “buen vivir” es, para el salvadoreño promedio, un concepto tan abstracto y tan lejano como un viaje desde la orilla del Universo?

 

*Abogado, máster en leyes.
@MaxMojic