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La pena de muerte no es la solución

Me preocupan los comentarios de la gente que arengan estos discursos represivos y aumentan la sed de venganza, no de justicia. Todos clamamos por el cese de la violencia, pero no lograremos un mejor país quitando del medio a quien estorba.

Por Jaime García Oriani*

Dic 02, 2017- 20:07

Guillermo Gallegos, presidente de la Asamblea Legislativa, ha estado insistiendo en aprobar la pena de muerte para combatir la delincuencia y las pandillas. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, un dicho que el diputado de GANA parece tener como máxima.

Estoy en total desacuerdo con la propuesta. Está claro que condenar a muerte a los delincuentes es un disuasivo, pero no soluciona de fondo el flagelo de la violencia que nos azota, que va mucho más allá del “arrancar la mala hierba de raíz”. No basta con políticas coercitivas. El resultado de estos años nos lo confirma.

Los conocedores del tema insisten en dar un mayor énfasis a la prevención del delito y a la reinserción. También se habla de castigar todo rompimiento de la ley, por pequeño que sea, para enviar un mensaje claro a la ciudadanía de que infringir las reglas trae consecuencias, como plantea el exalcalde de Nueva York, Rudolf Giuliani, basándose en la “Teoría de las ventanas rotas”.

Mencionaré algunas de las razones por las que me opongo a la pena de muerte, seguramente más profundas de lo que es una retórica de mano dura aprovechando la época electoral. Quizás con esto el presidente del Legislativo pretende lograr más votos que en los últimos comicios, en los que apenas logró conquistar una curul.

El primer motivo es que defiendo la vida humana —un derecho fundamental— desde su concepción hasta su muerte natural. Pero para Gallegos, el respeto a los derechos de los miembros de las maras no debe ser una preocupación. En un tuit escribió: “Yo soy un fiel respetuoso de los derechos humanos de las personas honestas, honradas. No me detendré a pensar en los derechos humanos de los pandilleros”.

¿Quiere decir que hay seres humanos de segunda categoría? Pensemos un poco. Las acciones delincuenciales son aborrecibles, hacen a los individuos merecedores de castigo y menoscaban su dignidad en el plano operativo. Por eso solemos decir que “son muy humanas” las personas cuyas actuaciones son loables y dignas de admiración; mientras que llamamos “menos humanos” o incluso calificamos de “animales” a aquellos que tienen un comportamiento reprochable. Sin embargo, la dignidad en el plano existencial, fundamento de los derechos humanos, es siempre la misma, ya que es una condición originaria de nuestro ser.

Dicho de otra forma, aunque en la vida se pierdan algunos derechos como consecuencia de determinadas acciones, los fundamentales, como el derecho a la vida, jamás se pueden perder, pues están enraizados en nuestra existencia.

Otro motivo es la inconveniencia de dejar la decisión sobre la vida y la muerte en manos de la justicia, en especial cuando es deficiente, ideologizada, fácilmente manipulable o busca recibir la aprobación de la opinión pública. Pienso en el caso de los Tres de West Memphis. Se trata de la condena de tres jóvenes, en 1993, por el brutal asesinato de igual número de niños; uno de ellos recibió como sentencia la pena máxima.

Resumiendo, desde el inicio se evidenció la ineficiencia en la investigación policial, que, presionada por la conmoción de un pueblo que jamás había presenciado tal barbarie, buscó dar rápidamente con los autores. Las declaraciones sobre las que se basó el proceso fueron poco consistentes y se responsabilizó a unos jóvenes fans del heavy metal con fama de inadaptados, de extraños y de realizar prácticas religiosas esotéricas. Varios recursos lograron frenar la sentencia, mientras gastaban su juventud tras las rejas; 18 años después, gracias a la tecnología y a las pruebas de ADN, lograron salir libres. De haberse aplicado la pena máxima, una mayor injusticia se habría cometido.

Para conocer más sobre su historia, recomiendo la serie de documentales Paradise Lost.

Me preocupan los comentarios de la gente que arengan estos discursos represivos y aumentan la sed de venganza, no de justicia. Todos clamamos por el cese de la violencia, pero no lograremos un mejor país quitando del medio a quien estorba. Busquemos —Estado y ciudadanos— generar condiciones que prevengan el delito o, en caso de haberlo cometido, que posibiliten la reinserción. La sangre no se limpia con más sangre.

*Periodista.
Máster en comunicación corporativa.
jgarciaoriani@gmail.com