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Paralizados por nuestros tabúes

El debate sobre privatización, nacionalización o empresas mixtas debería ser un debate técnico y no ideológico con características de guerras religiosas. Estos temas no son asuntos de fe, sino asuntos prácticos y de eficiencia.

Por Paolo Lüers*

Abr 20, 2017- 19:26

El país no va a avanzar mientras nadie se atreva a romper algunos tabúes muy arraigados que frenan su desarrollo.

La reforma agraria

Es un tabú tan fuerte que ni siquiera hay debate sobre este tema. Todo el mundo sabe que la reforma agraria de Duarte, recetada por Estados Unidos, ha fracasado rotundamente. La idea central de la reforma agraria fue contrainsurgente: Había que parar la masiva incorporación de campesinos al movimiento insurgente, y a la vez establecer una base social sólida a la Democracia Cristiana, el socio principal de los militares en la aplicación de las políticas contrainsurgentes de Estados Unidos. Era un plan político, más que un plan económico. Fracasó en ambas dimensiones. La Reforma Agraria fracasó políticamente, porque nunca llevó a una consolidación de la Democracia Cristiana, sino que buena parte de los cooperativistas se volvieron base social del FMLN – y tuvo que nacer ARENA, vinculada a las víctimas de la Reforma Agraria, para dar sostén político a la guerra. Y económicamente fracasó, porque el Estado nunca logró hacer productivas las cooperativas de la Reforma Agraria. Muchas tierras expropiadas quedaron, incluso hasta la fecha, sin explotación agrícola. Más bien la Reforma Agraria destruyó la agricultura nacional. Hoy, cuando la agricultura tendría que dar el paso a la agroindustria, no hay disponibilidad de las extensiones de tierra necesarias, porque todavía la Constitución prohíbe la concentración de tierras. La consigna “la tierra a quien la trabaja” ha llevado a que nadie la trabaje, o solamente para la subsistencia. La agricultura como factor del desarrollo está condenada a la muerte, porque nadie se atreve a romper el tabú y revertir la reforma, reformando la Constitución.

Privatización y nacionalización

Otros tabúes son la privatización, pero absurdamente también la nacionalización. Ambos temas son vetados, porque al tocarlos inmediatamente se desata una especie de guerra religiosa. Esto no permite un debate racional sobre ventajas y desventajas de nacionalización o privatización en ciertas áreas de los servicios o de la economía. No puede haber un debate sobre la privatización de partes del sistema de Seguro Social, a pesar de que probablemente tuviéramos menores costos y mejores servicios si el ISSS pudiera contratar servicios ambulatorios e incluso clínicos privados para mejorar la atención. Un sacrilegio para nuestra izquierda de solo pensarlo…

En cambio, la derecha se levanta en armas siempre cuando detecta el fantasma de la nacionalización. Incluso en áreas como el transporte público y los desechos sólidos, donde está más que comprobado que la empresa privada está fallando, y donde en muchos países empresas públicas prestan mejores servicios a menos costos.

El debate sobre privatización, nacionalización o empresas mixtas debería ser un debate técnico y no ideológico con características de guerras religiosas. Estos temas no son asuntos de fe, sino asuntos prácticos y de eficiencia. El Seguro Social perfectamente podría transformarse en un seguro que deja de ofrecer servicios médicos, y se limite a pagar a los proveedores de salud, sean públicos y privados. Por otra parte, el Estado hace ratos hubiera tenido que destruir el mafioso monopolio privado de Mides, creando empresas públicas (o público-privadas) bajo control regulatorio de los municipios. Habría que analizar si no sería más eficiente que las alcaldías conjuntamente crearan una empresa metropolitana de recolección de basura, y si esta tendría que ser de carácter municipal, privado o mixto, para ser eficiente.

El transporte público urbano posiblemente sería más eficiente si fuera administrado por una empresa pública manejada por los municipios del Gran San Salvador, que por supuesto podría subcontratar o concesionar parte de los servicios unificados a los empresarios o cooperativas de transporte. Todo esto depende de estudios de factibilidad y no de credos ideológicos.

La cobardía de los partidos ante estos tabúes es la única forma de explicar el escandaloso hecho que luego de 9 años de terminar la construcción del Puerto de La Unión todavía no está operando. El Estado no lo puede operar, pero tampoco permite que lo haga un consorcio privado. A esta altura, ambos puertos y ambos aeropuertos deberían estar bajo administración de concesionarios privados, por supuesto regulados por instituciones del Estado.

Con el tabú de la privatización como fantasma los gobiernos de Saca, Funes y Sánchez Cerén han destruido el único asocio público-privado exitoso que tuvimos: LaGeo, que genera electricidad haciendo uso de la fuerza térmica de nuestro subsuelo, operada con gran éxito tecnológico, económico y ecológico en conjunto por CEL y la multinacional italiana Enel. Sacaron a Enel con amenazas, embargos, vetos y casi a palos del país, y nuestra industria geotérmica quedó estancada.

Así es la fuerza destructiva de los tabúes que nadie se atreve a enfrentar.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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