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El evangelio envenenado de la Teología de la Liberación

No es más que la prédica de un evangelio envenenado, preñado de ideas que hace que nos mantengamos, como pueblo, anclados en el subdesarrollo.

Por Max Mojica*

Ene 15, 2017- 17:57

La Teología de la Liberación es una corriente teológica, nacida en América Latina tras la aparición de las “Comunidades Eclesiales de Base”, derivadas de la Conferencia de Medellín en 1968. Sus creadores fueron el expastor presbiteriano brasileño Rubem Alves y el sacerdote católico peruano Gustavo Gutiérrez Merino. Ellos fueron los primeros que esbozaron una nueva teología, ya no visualizando el camino de salvación predicado por Jesús, como algo puramente interno y espiritual, en donde el hombre primero busca la perfección mediante la purificación interior y lucha contra el pecado, acción la cual lo eleva de su condición meramente humana a un nivel espiritual como el de su maestro: Jesucristo.
 
Los teólogos liberacionistas dejaron atrás esa vivencia que por siglos había palpitado en el seno de la Iglesia Católica, para rebajar su teología a una filosofía humanista-social, en donde la salvación necesariamente pasa por la transformación de las condiciones materiales de las personas, buscando de esa forma su “liberación”, ya no del pecado -que viene siendo una derivación de sus condiciones materiales- sino que buscando su liberación “económica, política, social e ideológica”, construyendo así al “hombre nuevo”, ya no en la figura de Jesucristo, sino más bien, en la figura del “nuevo hombre solidario” cuyo perfil dibujaron los filósofos marxistas en la Unión Soviética, y que posteriormente se pretendió forjar a fuerza de bayonetas, campos de fusilamiento y lavados de cerebro en la Cuba del Ché Guevara.

Según el Padre Gutiérrez, era un error predicar –tal como lo había hecho la Iglesia desde su fundación- que la fe, religión y salvación, “no eran de este mundo”, ya que “poner los ojos en el más allá”, en una vida de felicidad junto a Dios en el cielo, hacía que los hombres perdieran de vista la vida presente, preñada de injusticias, de ricos, de privilegios, de pobres, etc. Por lo tanto, la “liberación” es algo del presente y por ende, la prédica del evangelio no podría ser considerada como algo meramente espiritual, sino también económica y social, es decir, material. En su libro “Teología de la Liberación”, explica que la liberación de los pobres pasa necesariamente por una revolución violenta, que terminaría con la explotación de los mismos.

Estos postulados contaminaron la educación sacerdotal y magisterial en El Salvador, ya que muchos de nuestros sacerdotes y maestros la predicaron y enseñaron, y en algunos casos -no obstante los fracasos en términos económicos y humanos experimentados en los países comunistas- aún la predican y enseñan. Actualmente, quedan bastiones que la sostienen –conocidas universidades y colegios jesuitas, sin contar, por supuesto, con la Universidad de El Salvador- los cuales se mantienen como dinosaurios de la guerra fría y testimonios de una época de locura y odio, que arrastró a El Salvador a una guerra fratricida que nos costó más de cien mil muertos.

Entonces ¿es la Iglesia Católica “comunista”? Creo que la respuesta la podemos encontrar en los postulados de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: “se debe atraer la atención para los pastores, teólogos y de todos los fieles sobre las desviaciones y riesgos ruinosos para la fe y para la vida cristiana que implica la teología de la liberación, que recurren de manera ilegítima e ineficaz a conceptos tomados de diversas corrientes de pensamiento marxista” (Joseph Ratzinger, “Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación”, Publicaciones Universidad Católica de Chile, 1984). A partir de dichos postulados, la doctrina de la Iglesia deja en claro que los teólogos liberacionistas entendieron todo al revés: las injusticias sociales y económicas no son la raíz de todos los males, la raíz del mal es el pecado –entendiéndose éste, aún para un no creyente, como todo acto que lesiona al hombre o a sus derechos, ya sea como individuo o como colectividad- el cual nunca puede ser “social”, ya que necesariamente éste proviene de nuestras decisiones personales y por ende, adquiere el carácter de “responsabilidad individual”. De tal forma que predicando la salvación y corrección de ese pecado -individualmente considerado- no solo se salva al hombre como tal, sino que repercute en un beneficio a la sociedad, precisamente por pertenecer el individuo a ella.
 
Debido a que la prédica de la Teología de la Liberación se considera una de las causas de la guerra civil en El Salvador, ahora, en la fecha en que conmemoramos la firma de los Acuerdos de Paz, para el bien del país, así como de la Iglesia Católica a la que admiro y pertenezco, espero que finalmente podamos entender que la prédica del Evangelio desde la óptica de la Teología de la Liberación, no es más que la prédica de un evangelio envenenado, preñado de ideas que hace que nos mantengamos, como pueblo, anclados en el subdesarrollo.

*Abogado, máster en leyes.
@MaxMojica

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