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El Salvador, mi hogar

Por Por Carlos E. Mena Guerra* *Economista. Colaborador de El Diario de Hoy.

Ago 22, 2014- 18:00

Es motivo de gran alegría recordar cuando niños (hace 50 años), aquellos momentos de juegos en parques de la colonia o el barrio, la escuela, los amigos; el primer y único amor; sueños de lo que llegaríamos a ser cuando grandes. Qué afortunados fuimos, en verdad, por haber crecido en una buena época, cuando podías caminar y jugar con tranquilidad en los parques de la ciudad. Ahora en la adultez, cuando el tiempo ha pasado y fuimos capaces de alcanzar nuestros sueños, han llegado los hijos, revivimos nuevamente las esperanzas de continuar soñando con ellos, disfrutando de lo que han logrado, con su propio esfuerzo, y lo que les falta por lograr. Pero es mayor la alegría cuando al reconocer sus éxitos, obtenemos por respuesta que “tú has sido la fuente de inspiración”, “tu ejemplo” padre y madre, diciéndolo con sinceridad y amor.

Muy seguro estoy que esta es la memoria de muchos padres y madres salvadoreños, que han cumplido con su deber de contribuir con El Salvador, nuestro hogar; criando niños y jóvenes de bien, educados en valores, con temor a Dios, muchachos y señoritas admirables, con gran potencial. Pero lamentablemente también poder asegurar que hay otros niños y jóvenes que no han tenido la misma suerte, y son esos pocos los que ahora tienen a El Salvador, nuestro hogar, viviendo una historia diferente, de violencia y terror.

Ahora me pregunto: ¿qué se puede hacer?; aún albergo esperanza cuando conozco la historia de otros países y ciudades como Londres, Nueva York, París, lugares que vivieron momentos de decadencia y pobreza, pero lograron romper ese círculo de terror. ¿Qué hicieron ellos que no podamos nosotros? Supongo, en primer lugar, que se dieron cuenta todos, buenos y malos ciudadanos, políticos y militares, productores y empleados, que tal caos no llevaría a otra cosa que a convertir a todos los habitantes en perdedores, que los sueños de muchos niños y jóvenes no se harían realidad, sus propios hijos estarían destinados a vivir fracasados y alejados de toda posibilidad de progreso.

En todos estos años he corrido muchos riesgos en búsqueda de mejores oportunidades para posibilitar los sueños de mi familia, y mientras escribo estas líneas me doy cuenta que para salir de este atolladero, necesitamos todos correr nuestros propios riesgos: en primer lugar a quienes están sembrando terror por medio de asesinatos y extorsiones les demandamos que corran el riesgo de dejar de hacerlo, les digo que solo los cobardes viven a costa del temor ajeno. A los funcionarios públicos les demandamos que corran el riesgo de gobernar honestamente, les digo que solo los ineptos viven a costa del dinero ajeno. A los religiosos les demandamos que corran el riesgo de predicar la palabra de Dios en calles y plazas, porque las iglesias son muy pequeñas para albergar a siete millones de salvadoreños. A los militares les demandamos que corran el riesgo de cuestionar el trabajo de los políticos, porque la Patria les exige “vencer o morir”. A los productores les demandamos que corran el riesgo de compartir sus logros, porque los buenos trabajadores lo merecen. A los trabajadores les demandamos que corran el riesgo de no darse por vencidos, continúen cumpliendo honestamente, porque todo esfuerzo tiene recompensa. A Todos los demás les demandamos arriesgarse a expresarse fuerte y contundentemente; acompáñenme, para que El Salvador, nuestro hogar, sea un lugar donde podamos vivir tranquilos y progresar.

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