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Hablemos de canonizaciones

Por Por María A. de López Andreu*

Ago 02, 2013- 18:04

El papa Francisco ha provocado una corriente de simpatía que genera expectación sobre todo lo que hace y dice, incluyendo las canonizaciones que ha anunciado. Aunque éste es un proceso ya milenario, por tratarse de un tema cultural, además de religioso merece que lo conozcamos más.

La “Enciclopedia Católica On Line” explica que la Iglesia, después de haberlo comprobado concluyentemente, beatifica o canoniza sólo a quienes vivieron las virtudes heroicamente. El proceso consta de 9 etapas que involucran: promoción, por quienes consideran santo al candidato; investigación, procedimientos administrativos, estudios, análisis y consultas, realizados por obispos, cardenales y expertos; exposiciones en contra de la causa, por el promotor de la fe o “abogado del diablo”, etc. Incluye el examen del cadáver, que pudiese encontrarse incorrupto, aunque la Iglesia no considera esto como un signo inequívoco de santidad. En todo caso, únicamente el papa tiene autoridad para decidir sobre la beatificación o canonización de un candidato.

La beatificación es un permiso para venerar a determinada persona localmente; la canonización, en cambio, crea un culto universal y obligatorio. Aunque el proceso se ha simplificado, el candidato siempre debe recibir de Roma el “nihil obstat”, confirmando que no hay “nada reprochable” sobre él en las actas del Vaticano. Si la Congregación para la Causa de los Santos considera que hay méritos extraordinarios y virtudes heroicas en esa causa, la admite e inicia el proceso, examinando a fondo la vida y obra de esa persona. Si supera esta primera instancia, se le nomina Siervo de Dios, pudiendo ser objeto de devoción privada, únicamente.

El Beato puede ser reverenciado públicamente sólo en el lugar para el que se otorgó permiso; es ilícito hacerlo en otro parte, recitar oficios o celebrar misas con oraciones referentes a él. Los obispos deben distinguir cuidadosamente entre una auténtica reputación de santidad y una estimulada por los medios de comunicación y la “opinión pública”. (¡Ojo!) Tratándose de personajes controvertidos, el papa puede decidir que, pese a los méritos del Siervo de Dios, la beatificación es, momentáneamente, “inoportuna”.

La beatificación requiere comprobar científicamente: a) que Dios ha realizado un milagro, y b) que el milagro se obró por intercesión del Siervo de Dios (caso Monseñor Álvaro del Portillo). Esto no es requerido para los mártires, pero el resto del proceso debe cumplirse a cabalidad.

La canonización exige otro milagro (incluso a los mártires). Cuando éste ha sido examinado y aceptado, el Papa emite una bula de canonización, declarando que el candidato debe ser venerado como santo por toda la Iglesia (caso Juan Pablo II). El papa también puede ordenar la canonización (llamada “equivalente”, según ec.aciprensa.com) cuando un santo ha sido venerado como tal desde mucho tiempo atrás y la fama de su intercesión milagrosa ha sido ininterrumpida (caso Juan XXIII). El objetivo de elevar a un santo a los altares no es “hacer dioses”, como erróneamente se interpreta, sino, venerándole (dulía), motivarnos a imitar sus virtudes y saber que intercede por nosotros mientras peregrinamos por este mundo. Adoración (latría) se rinde únicamente a Dios.

La canonización es algo tan serio que, incluso, algunos “santos” fueron retirados del santoral, al no encontrar pruebas históricas sobre su existencia y santidad. De allí que el proceso sea largo, detallado y complejo.

Debe quedarnos claro que un presidente, le guste o no le guste, no canoniza.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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