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¿Diputados mecenas? No, sólo gastan fondos públicos

Por Por Ricardo Chacón *

Ago 03, 2013- 18:07

Se trata de minucias, de unos cuantos miles de dólares, si lo comparamos con el presupuesto de la nación, el cual puede ser de unos dos o tres mil millones de dólares; sin embargo, si lo ponemos a la par del salario de un trabajador que tiene que sudar para ganarse unos trescientos dólares mensuales, es una barbaridad. En este sentido, el que los diputados, bajo la junta directiva presidida por el señor Sigfrido Reyes, se gasten unos cuarenta mil dólares en regalitos navideños, corbatas, prensa corbatas y pulseritas (ni siquiera finos ni de buen gusto como escribí al respecto hace varios meses), además de algunas “canastas navideñas” con su respectivas botellas de bebidas espirituosas, de clase internacional (o sea con precios que pueden rondar los 60 dólares o más por botella…) es escandaloso y digno de ser investigado por las instancias que no sólo fiscalizan la transparencia sino también la ética gubernamental.

Mi punto de vista tiene una doble perspectiva, una, más inmediata y circunstancial, relacionada con lo gastado por los diputados, donde lo importante, además de conocer con claridad por qué gastaron esos 40 mil dólares, es a quién regalaron las abundantes canastas navideñas. En cualquier país decente, con un mínimo de desarrollo democrático, ponen los detalles de lo gastado en los libros oficiales, a los que puede acceder cualquier ciudadano, no hacerlo muestra lo retorcido de nuestros políticos. Aquí la cuestión es de una vía, o dan la información o las instituciones encargadas de velar por la ética y honestidad de los funcionarios condenen a estos para que paguen las multas con sus salarios.

La otra perspectiva, lo más de fondo, tiene que ver con la tentación permanente de una nueva clase política, la de izquierda, que durante años alegó abogar por las clases populares pero cuando llegó al poder, si bien mantiene el discurso populista, se embarca en viajes y fiestas faraónicas que insultan la dignidad de los pobres.

Un ejemplo de lo que digo es el caso del primer presidente socialista de la V República, Francois Miterrand, “El Faraón”, como le llamaban por las monumentales obras erigidas durante su período como la remodelación del Museo del Louvre, el Arco de la Defensa y la Biblioteca Nacional, entre otras obras en las que se gastaron millones y millones de dólares, lo que generó agrias polémicas sobre las pirámides de cristal, a la entrada de Louvre y el peaje, bajo Los Campos Elíseos, que se debe pagar para llegar en auto al Arco del Triunfo.

En la actualidad las obras faraónicas han tocado la sensibilidad de millones de brasileños quienes, por primera vez en varias décadas, se lanzaron a las calles para protestar por los gastos en los centros deportivos para celebrar el pre y el mundial de fútbol; esto ha implicado no sólo deshacer las famosas favelas sino también instalar nuevos sistemas de transporte, despliegues de seguridad, centros comerciales, etc. ¿Dónde está la sensibilidad social de este presidente que pertenece al Partido de los Trabajadores?, se preguntan los brasileños que aún no reciben los beneficios del desarrollo y, peor aún, tienen que financiar los grandes proyectos con sus tributaciones.

En su momento, en Francia, como en la actualidad en Brasil, los detractores argumentan que se trataba de obras millonarias que bien pudieron financiar mejores condiciones de vida para la ciudadanía, generar viviendas, centros de trabajo, de educación, de salud, aunque también es cierto que se trata de apuestas de mediano y largo plazo que dejarán su beneficio económico, cultural, turístico y deportivo a la nación.

En nuestro país se gasta el dinero de los contribuyentes en regalos de bagatelas en Navidad, se destinan miles de dólares en obras de arte para adornar los pasillos del Órgano Legislativo e incluso en donativos para instituciones de caridad consistentes en “algunos ahorros” que hacen de su presupuesto (lo cual no se sabe si es legal), pero nada, nada, forma parte de una inversión de trascendencia que haga de El Salvador una nación distinta, amigable, interesante.

Si quieren promover el arte y la cultura en serio, por qué no promulgan leyes precisas que ayuden y promuevan este rubro; por qué no se destinan fondos suficientes a esta dinámica tan importante para el país. Esta es realmente su función.

Si los señores diputados quieren adornar con obras de arte los pasillos de la Asamblea, o crear una sala especial donde se exhiban obras de los principales artistas plásticos salvadoreños, esto debería salir, no del presupuesto de la Nación, sino de los bolsillos de los diputados; de hacerlo así se convertirían en verdaderos mecenas y serían recordados en la historia como hombres y mujeres interesados en preservar la cultura salvadoreña, pero no, apenas si serán recordados por aquellos a quienes les regalaron pulseritas, corbatas y botellitas de licor.

*Editor Jefe de El Diario de Hoy.

ricardo.chacon@eldiariodehoy.com

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