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Mente sana en cuerpo sano

Por Por Eduardo Torres*

Ago 16, 2013- 18:04

En el marco de una breve conversación sobre la cotidianidad de la vida y sobre cómo intentar vivir mejor, un amigo me recomendó ayer por la mañana el tema de esta columna. En el mundo antiguo, afirma el maestro español Don Rafael Alvira en su libro “Filosofía de la vida cotidiana”, los griegos tenían un profundo sentido del deporte; los romanos, menos, porque eran más utilitaristas y el sentido del deporte se estropea con el utilitarismo. El deporte, en la cultura griega, estaba ligado a la religión pues se dieron cuenta que esa actividad cumplía con la función filosófica-religiosa de ayudar al autoconocimiento.

El buen deportista es el que está en forma, añade en su libro el reconocido académico, señalando la expresión “en forma” como profundamente filosófica desde hace 2300 años, pues “forma” en filosofía significa perfección. El mejor deportista no es el que sólo mantiene la forma física, sino también psicológica y anímicamente; la perfección corporal se requiere para la perfección total del hombre. “En la riqueza de la unidad humana las virtudes necesitan y piden la colaboración del cuerpo y, por eso también, hay que entrenar al cuerpo por y para la virtud, del mismo modo que hay que usar la virtud también para mejorar el cuerpo”.

Desde mi perspectiva no chocan el desarrollo mental –aun de quienes poseen niveles superiores de intelecto– con la disciplinada práctica del ejercicio; se complementan y llevan a la búsqueda de la perfección que como seres humanos jamás encontraremos en esta vida por nuestras imperfecciones, pero tienden a convertirnos en mejores seres humanos. En esta época de frenética actividad cotidiana en que las enfermedades cardio y cerebro-vasculares, el cáncer y las adicciones son consideradas “enfermedades del Milenio”, más y más se recomienda la práctica del ejercicio para lograr una mejor calidad de vida y prevenir enfermedades.

La prueba de la enfermedad a mí en lo personal me enseñó la relevancia de la práctica cotidiana del ejercicio. Los años que pasé frente a las cámaras de la televisión, durante los cuales preparé a manera de refresco para la teleaudiencia programas sobre enfermedades diversas para ser transmitidos durante temporadas de vacación, me enseñaron que no sólo el cáncer sino también la diabetes, las enfermedades cardio y cerebro-vasculares, el insomnio, etcétera, requieren el ejercicio rutinario como medida básica de prevención. Alimentación y práctica del ejercicio. El punto, por supuesto, debe ser cómo te sientes, no el cómo te veas.

Para quienes están en la plenitud de sus vidas, ahí está la práctica del deporte. La Universidad para cultivar el intelecto y el deporte para cultivar el cuerpo. Afirma en su libro “Don Rafa”, como le llaman sus alumnos, que hemos de agradecer a los ingleses que entre otros grandes aportes de los últimos tiempos promocionaran el deporte hacia la posición de la cual hoy goza. Porque el deporte es “un juego libre, desinteresado, intelectual y corporal”. Y en el juego se sintetiza la pasión, la relación amistosa, el respeto, la inteligencia, la voluntad y el placer de vivir. Así practicado, sin duda que enseña a vivir.

“Nos ayuda también”, dice el autor, “a llegar al final de nuestros días de la manera que pide el ideal americano, o sea en perfecto estado de salud. Así evitaremos a los demás, en lo posible, la tarea de cuidar de nosotros. En este aspecto, ser deportistas de verdad –no los que se autodestruyen en el exceso– es pensar en el bien futuro de nuestros seres cercanos”.

*Director Editorial de EL DIARIO DE HOY

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