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El crepúsculo de los ídolos

Por Por René Fortín Magaña*

Ago 29, 2013- 18:01

Vivimos tiempos sombríos. Una especie de niebla portadora del germen de la corrupción invade todos los rincones y todos los estratos de nuestro país. Hemos tocado fondo. Los tres órganos del Estado, con gloriosas excepciones, y el entramado burocrático que lo administra, han sido los más infectados. Reina en ellos la soberbia, la arbitrariedad, el despilfarro, el desacato, el cohecho, el prevaricato, y las mil formas de contagio de esa insidiosa patología social.

Un solo colectivo nos unía: la Selecta. Y ahora resulta que también ella, que congrega a la flor y nata deportiva de nuestra juventud, está infectada por ese virus maligno, sin duda por el mal ejemplo que recibe de las alturas, en donde las normas y las reglas valen tanto como los falsos juramentos constitucionales.

Ruego a Dios que transcurridos los treinta días de plazo que se han establecido para investigar los amaños, en todos los niveles, nuestros ídolos del fútbol salgan indemnes. Es insufrible ver que nuestros jugadores estelares, por quienes la afición se rompe el pecho desde las graderías del Vietnam, desde las tribunas, desde los palcos o desde la lomita, resulten señalados como delincuentes mientras, seguramente, no faltarán quienes tiran la piedra y esconden la mano. Las fotografías en que aparecen nuestros jugadores observando cabizbajos cómo la autoridad, en forma aparatosa, remueve sus documentos y sus instrumentos de trabajo en busca de evidencias, es tan impactante que justifica el título de este artículo que hemos tomado de Friedrich Nietzche. Impactante sobre todo para la juventud, de la que ellos forman parte, y en la que, a pesar de todo, tenemos cifradas nuestras esperanzas por virtud de un tenaz optimismo. En ese trance que muestran las fotografías, quisiéramos ver a algunos funcionarios que vuelan a cien mil metros de altura y se escudan en su inmunidad.

Pensando en el vigor, en el idealismo y en la pulcritud de la juventud, un antiguo rector de la Universidad de El Salvador, cuya memoria me esfuerzo en rescatar, estampó en la primera página de uno de sus libros, al despedirse del estudiantado, la siguiente dedicatoria: “En la ciudad universitaria de Madrid hay un admirable monumento. Se trata de un grupo escultórico, creación genial de una gran mujer: la escultora algo-americana Anne Hyatt Huntington, quien dedicó su magistral obra al prodigio del alma española. El tema es una versión moderna de los flamígeros griegos. Yace en el suelo, agotadas sus energías, un atleta que está a punto de soltar la tea simbólica.

Impresiona el grado de extenuación a que ha llegado y la voluntad que demuestra de mantenerse firme hasta el último momento. Pero impresiona mucho más, la oportunidad de la llegada del otro atleta que está allí listo en el preciso instante en que se le necesita. El joven atleta llega montado en fogoso corcel, y es entonces que velozmente arrebata la tea, adivinándose el chirrear de las manos laceradas por la llama. Y, en medio de esa alegoría, la juventud briosa, con músculos de acero, inclinada heroicamente, triunfante al arrebatar la tea que luego alumbrará majestuosa las sendas del futuro. ¡Esa es la juventud! ¡Juventud de mi Patria: Sostened la tea!” (Fortín Magaña, Romeo. “Bajo Otros Cielos”).

Pedimos a la Providencia que el penoso caso de los amaños se resuelva satisfactoriamente, y, en todo caso, si ha de caer el hacha, que sirva de escarmiento para que eso no vuelva a suceder jamás.

El crepúsculo no es para los jóvenes, sino la aurora. Que doblen las campanas por los viejos que dejamos este mundo. La juventud tiene entre sus manos una misión sagrada que cumplir y esas manos tienen que estar limpias. Por eso, clama al cielo el dolor colectivo de ver que algunos de sus componentes más gloriosos hayan podido sucumbir ante el flagelo de la corrupción, defraudando la sincera adhesión de todo un pueblo.

Es tan grandioso el período expansivo de la juventud, tan prometedor, que según cuenta la leyenda, un viejo general, cargado de medallas, abrumado por los honores, victorioso en cien batallas pero ávido aún de más espacio para la lucha, al final de su vida tenía a flor de labio, aquellos cadenciosos y expresivos versos de Emilio Carrere, que sitúan a la juventud en el pináculo de la existencia: “Tarda el laurel de la victoria/ Y está causado mi lahud/ ¿Para qué querré yo la gloria/ Cuando no tenga juventud?”.

Vamos de tropiezo en tropiezo, “cuesta abajo en la rodada”, al punto que la única vía de salida es hacia arriba –“plus ultra”– para hacer de nuestro país, a pesar de los desencantos y los desengaños, la patria que anhelamos: sin amaños, sin corrupción ni impunidad, sino con libertad, con justicia y con seguridad.

*Dr. en Derecho.

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