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La destrucción sistemática de la cultura occidental

Por Por Luis Fernández Cuervo*

Ago 11, 2013- 20:00

En anteriores artículos vimos cómo la Iglesia Católica sacó, poco a poco, del desastre total del Imperio Romano, una nueva cultura: la cultura cristiano-occidental. Vimos cómo en el Siglo XVII comienza la crisis del pensamiento europeo y en el XVIII se acentúa el espíritu anticristiano, con los Ilustrados y su Enciclopedia. Pero, como tituló el pintor Goya en un famoso grabado, el sueño de la razón produce monstruos y de la idolatría de la Razón no se instauraron la paz y felicidad mundiales, sino que primero estalló la sanguinaria Revolución Francesa, después toda una serie de guerras y revoluciones con millones de muertos y al final quedó una sociedad mil veces más conflictiva y violenta que las de la Edad Media y el Renacimiento.

Creo que es un error sobrevalorar el papel que los intelectuales de renombre han tenido en esta descristianización imperante en gran parte de la cultura occidental. Son ciertas cosas, ciertos inventos y productos, los que han dado un giro más importante al modo de vivir y de pensar de enormes masas humanas que lo que hayan dicho tales o cuales pensadores; ya sean empiristas, existencialistas o marxistas.

El doctor Fleming, al descubrir la penicilina, abrió con ella la era de los antibióticos a partir de 1940, lo que supuso un fuerte aumento de la población por caída de las cifras de mortalidad tanto en niños como en adultos. La contrapartida a ese incremento demográfico fue el desarrollo del antinatalismo que cobró un fortísimo impulso a partir de la píldora anticonceptiva del doctor Pinkus lanzada al mercado norteamericano en 1960. Esa píldora y las que le siguieron cambiaron la vida de millones de mujeres y por mucho que se defiendan como una liberación de la mujer, dos cumbres del feminismo mundial, Eveline Sullerot y Helen Brook, que la había difundido, reconocerán después que con ellas “abrimos la caja de Pandora” y todos los males se escaparon para nunca más ser encerrados en esa mitológica caja.

El otro elemento revolucionario ha sido el progreso científico-técnico proporcionando a unas clases medias en expansión, mayores comodidades de vida, mejoras habitacionales, de mobiliario, de vehículos y de instrumentos audiovisuales. Mientras en los países en desarrollo todavía el populismo más o menos marxistoide tiene vigencia, en cambio allí donde triunfó el confort se instaló el vivir al día lo más placenteramente posible, con pocas o ningunas responsabilidades sobre otras personas: el egoísmo y la egolatría propios de la ya mencionada cultura liquida.

¿Qué ha sido lo más importante en esta destrucción sistemática de la cultura cristiano-occidental? Pienso que para la mayoría no es un problema filosófico (aunque se revista en algunos de bagaje filosófico-literario) sino ese aceptar el viejo carpe diem –agarra el día– de Horacio, sin haber leído ninguna de sus Odas ni saber quién fue ese antiguo poeta romano.

“Agarra el día, vive al día, vive el momento”, eso es lo que mueve a mucha gente según crece su poder económico. La historia, el pasado, no interesa, no es parte de su vida. El futuro, sólo el más corto, el de la semana o todo lo más el de las futuras vacaciones. No creen en Dios ni se le ataca; no interesa mientras haya salud, dinero y pasatiempos. El amor, salvo el de sí mismo, tampoco interesa porque supondría sacrificios y responsabilidades, salvo que se entienda como “amor” los sucesivos enganches sexuales más o menos adornados de superficiales sentimientos. ¿La verdad..? Sólo interesan aquellas ideas útiles (sean verdaderas o falsas), que sirvan para mantener o mejorar el nivel de vida.

La Iglesia Católica sufre esos ataques, se contamina en algunos de sus miembros, pero sigue viva y se rejuvenece, como se ha visto hace poco en Río con la JMJ. Sobrevivió a la desaparición del Imperio Romano y sobrevivirá a la cultura de la muerte, a su hija, la cultura líquida, y a cualquiera otra que invente el diablo.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com

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