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Tolerancia, intolerantes, la verdad del amor

Por Por Luis Fernández Cuervo*

Jul 14, 2013- 18:00

ada vez aprendo más de los lectores de mis artículos. Aprendo mucho más de los que no están de acuerdo con lo que escribo que de los que me felicitan por mis ideas. A estos últimos suelo darles las gracias con muy pocas palabras. En cambio a los que están en desacuerdo –a veces con furiosas discrepancias– les dedico más líneas y tiempo… y además termino por encariñarme con muchos de ellos. Donde menos lo espero, de algunos aprendo cortesía, aprendo humildad, mansedumbre, sabiduría, a veces escondidas debajo de incultura e incluso de alguna tontería.

Hay quienes pretenden que hay que ser tolerante con todas las ideas, y acciones. Pura hipocresía. Porque hay ideas que llevadas a la práctica han costado millones de asesinatos. Véase lo ocurrido con el nazismo, con el comunismo y con el falso derecho al aborto. Siempre la peor de las intolerancias es la de los que se autodenominan tolerantes. Tal como está pasando ahora en Francia con los que se oponen al tolerante matrimonio homosexual, impuesto duramente por el gobierno socialista. Defender allí al verdadero matrimonio, a la familia normal y a los hijos, ahora es un delito que se castiga con gases lacrimógenos, palizas y cárcel…en nombre de la tolerancia.

Tolerancia, pues, con todas las personas, vale, pero no con todas las ideas, ni todas las acciones. Es más: “tolerancia” es una actitud insuficiente, cutre, masónica, poco generosa. A las personas hay que quererlas, que es mucho más que tolerarlas. Es más difícil, pero ahí hay que llegar.

Y en eso, como decía al principio, aprendo de mis lectores contrincantes, porque después del intercambio, a veces un tanto colérico con ellos, después de las chispas fugaces del entrechocar de las espadas, aparecen otras luces más luminosas y estables: los amores que toda persona encierra. Sólo a los egoístas y a los malvados absolutos es imposible quererlos. ¿Pero existen esos egoísmos y maldades en grado absoluto? La clave, pues, para conectar con personas que tienen ideas y costumbres muy distintas a las de uno, está en el amor, en aquello que aman. Muy bien lo escribe Benedicto XVI –¿o Francisco?– en la reciente Encíclica Lumen Fidei: “En la medida en que se abren al amor con corazón sincero y se ponen en marcha con aquella luz que consiguen alcanzar, viven ya, sin saberlo, en la senda hacia la fe”.

Porque aunque muchos lo ignoren o renieguen de ello, existe una ligazón muy fuerte, indestructible, puesta por Dios, entre la fe, la verdad y el amor auténticos. Una fe sin verdad es ilusión. Una fe sin amor, traiciona lo fundamental de la fe cristiana que no son unas ideas sino una persona, Jesucristo, que es Dios, que es Amor.

Nuevamente encontramos en la “Lumen Fidei”, en la sabiduría profunda de este escrito, un diagnóstico y una crítica sobre el relativismo –no existen verdades universales– y/o el positivismo–sólo creo en lo que veo y puedo tocar– dos falsedades en las que hoy se refugian cómodamente tantas personas: “La luz del amor, propia de la fe, puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad. A menudo la verdad queda hoy reducida a la autenticidad subjetiva del individuo, válida sólo para la vida de cada uno. Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los totalitarismos. Sin embargo, si es la verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado para formar parte del bien común. La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre”.

Y sin ese amor que surge de la verdad y la fe, toda felicidad es muy débil y no tiene futuro que lleve a la otra vida.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.comC

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