Secciones
×

Síguenos en

El veneno del poder

Por Por René Fortín Magaña*

Jul 25, 2013- 18:03

“Los tres incentivos fundamentales que dominan la vida del hombre en la sociedad y rigen la totalidad de las relaciones humanas –dice Kart Loewenstein– son el amor, la fe y el poder. Sabemos que el poder de la fe mueve montañas, y que el poder del amor es el vencedor de todas las batallas; pero no es menos propio del hombre el amor al poder y la fe en el poder”. (Karl Loewentein, Teoría de la Constitución).

Una de las cosas que más impresionan en la vida social es comprobar una y otra vez cómo ciudadanos corrientes, apacibles, generalmente amables, cordiales ciudadanos, buenos padres de familia, de repente sufren a la vista de todos una verdadera metamorfosis en el instante mismo en que adquieren un poco de poder, por mínimo que sea. La amabilidad se convierte en altanería, la bondad se vuelve jactancia, la cordialidad se torna envanecimiento, y de buenos ciudadanos que eran pasan a ser malos funcionarios. Una gota de poder, una gota, basta para que se produzca este frecuente fenómeno de descompensación psicológica.

Así le sucedió a Cándido García, humilde ordenanza del juzgado 1° de lo Civil, quien, al recibir su carnet de Juez Ejecutor de Embargos se convirtió en el más despiadado látigo contra los atemorizados deudores. Y a Manuelito Estrada Cabrera, sumiso burócrata, quien elevado por los militares guatemaltecos al poder, se convirtió en el sanguinario gobernante que nos describe Miguel Ángel Asturias en su magistral novela “El señor Presidente”.

Gustan rodearse los altos funcionarios de personas que los halagan constantemente, y que no tienen jamás el atrevimiento de contradecir sus opiniones aunque ellas se refieran a materias técnicas muy alejadas de los conocimientos de aquellos. Poco a poco, los funcionarios van perdiendo contacto con la realidad, y se va creando en torno a ellos una atmósfera artificial, una burbuja suntuosa, opulenta y ostentosa, muy distante del pulso de la calle. La lisonja, el halago y la falsedad sustituyen a la franqueza, a la seriedad y a la verdad. En ese momento, todo está maduro para que se produzcan los más graves errores, errores que, como es natural, tienen en política un alto costo.

Hace ya muchos años –siglos– cuando en el continente europeo fue necesario enfrentar y destruir la fuerza del feudalismo, surgió la corriente ideológica que sirvió de soporte a los regímenes políticos que era necesario fortalecer para combatir con éxito a aquella organización social. Se hicieron sentir entonces autores como Juan Bodino (“Los seis libros de la República”), Tomás Hobbes (“Leviatán”) y Nicolás Maquiavelo (“El Príncipe”); y se instauraron las monarquías absolutas. Como era natural, las monarquías absolutas se tornaron despóticas, y una corriente de opinión contraria apareció a su vez en aquel exacto minuto de la historia. Se escuchó, entre otras, la voz de Juan Jacobo Rousseau (“El contrato social”), John Locke (“Ensayo sobre el gobierno civil”), y de Carlos de Montesquieu (“El Espíritu de las Leyes”) que pregonaban, respectivamente, la soberanía popular, la división del poder y el sistema de “frenos y contrapesos”, como mecanismo necesario para impedir el despotismo. Llegó a su turno la República o la Monarquía Constitucional, montadas ambas sobre dicho sistema y sobre un parlamentarismo más o menos acentuado, hasta que, finalmente, el modelo republicano saltó en la geografía hasta el nuevo continente y en la historia hasta nuestros días.

Bien se ve, pues, que la pasión del poder es una cosa muy seria. Y su regulación ha generado la más copiosa literatura política, para sólo citar algunos ejemplos.

Entre tanto, no puede olvidarse que en el fondo de esta pugna formal, subyace una cuestión humana, profundamente humana; porque al fin de cuentas, y cualesquiera que sean los nombre que se les dé a las variadas instituciones que constituyen los gobiernos de los diferentes países del globo, son las personas, los hombres de carne y hueso, con sus cualidades y sus defectos, con sus virtudes y sus vicios, con sus complejos, con sus grandezas y sus miserias, los que se reflejan a través de aquellas instituciones y son ellos los que escriben las páginas oscuras o luminosas de la historia. Conociendo la naturaleza humana, veleidosa y frágil, no podemos –no debemos– olvidar con el autor arriba citado, que “el poder encierra en sí mismo la semilla de su propia degeneración. Esto quiere decir que cuando no está limitado, el poder se transforma en tiranía y en arbitrario despotismo. De ahí que el poder sin control adquiere un acento moral negativo que revela lo demoníaco en el elemento del poder y lo patológico en el proceso del poder”.

Cuántas veces hemos escuchado y hasta citado el famoso epigrama atribuido a Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, y, sin embargo, la rueda de la historia sigue ineludiblemente su curso, repitiéndose, una y otra vez este ya clásico síndrome de patología social, contra el cual no hay vacunas, que tan bien caracterizó Tarquino, el último rey de Roma, apodado “el soberbio”.

*Dr. en Derecho.

Tags