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El payaso “Tiririca”: la expresión del deterioro político

Tema del momento Las estrategias para controlar este derrame de insatisfacciones han sido diversas. Los gobernantes que cuentan con recursos han destinado millones a programas de asistencialismo en los que el Estado asume la paternidad de los pobres descuidando las capas medias.

Por Por Luis Mario Rodríguez R.*

Jul 13, 2013- 19:00

Las protestas en Brasil, Egipto y Turquía han captado la atención de académicos, políticos y periodistas. Todos especulan las razones que han empujado a los jóvenes, trabajadores y ciudadanos a movilizarse contra los gobernantes. La corrupción, al autoritarismo y un cúmulo de demandas insatisfechas de la “nueva clase media” son algunos de los “disparadores” que fundamentan las quejas de las masas. Los expertos identifican a los jóvenes y al uso masivo que éstos hacen de las redes sociales como el factor de éxito para la convocatoria de las concentraciones. Recientemente el presidente del Banco Mundial señalaba además que el denominador común en estos episodios tiene relación con la deficiencia de los servicios públicos.

La defectuosa e insuficiente organización de los sistemas de salud, de educación y del transporte constituye uno de los principales reproches de los manifestantes. En Turquía el detonante fue el interés del gobierno por transformar en un centro comercial la única zona verde de Estambul. Las autoridades respondieron con acciones represivas en contra de los manifestantes. En Egipto como consecuencia de las demandas sociales el presidente fue depuesto de su cargo y en el caso brasileño se anunció una gran reforma política por la mandataria Dilma Rousseff.

Lo cierto es que estamos asistiendo a un reclamo que podría tener como origen posibles déficits de la democracia representativa. Un tipo de sistema en el que los ciudadanos depositan el poder político en unos pocos y de quienes la población espera acciones efectivas que les resuelvan sus problemas. El debate en todo caso no debe centrarse en la inconveniencia de la delegación del poder. Es muy claro que los votantes en un proceso electoral ceden sus decisiones a quienes se postulan a cargos públicos y por tanto confían en que ellos interpretarán de manera correcta el sentimiento popular y lo traducirán en leyes efectivas y de práctica aplicación.

No se trata de sustituir a la democracia representativa. El reto está en motivar a los mejores para que sean ellos y no los peores los que se postulen para prestar un servicio público. Si quienes gobiernan son los más deshonestos y los menos preparados y los partidos no generan espacios a los nuevos liderazgos, entonces se abrirán otras válvulas de las que saldrá mucha gente a las calles a protestar.

En 2010 un bufón se convirtió en diputado federal en la Cámara Baja de Brasil por el Estado de Sao Paulo. Según fuentes periodísticas, la autoridad electoral reportó que “Tiririca”, un payaso de profesión, obtuvo más de un millón de votos, equivalente al 6.23% del total de esa circunscripción, convirtiéndose así en el parlamentario con mayor apoyo popular del país. Este hecho político, tres años antes del desbordamiento popular en el país de la samba, era un síntoma muy claro del desgaste al que está sometido la clase política brasileña, alimentado en parte, por los escándalos de corrupción durante la administración de Lula da Silva.

Francis Fukuyama, reconocido politólogo internacional, en un reciente artículo señala que “las sociedades en desarrollo evolucionan más rápido en el campo económico que en el político, a tal punto que debido a este crecimiento económico surgen grupos sociales como la clase media, pidiendo mayor participación en la arena política.” El autor del “fin de la historia” ilumina de manera brillante una de las causas que han generado las protestas. Fukuyama afirma que nos encontramos ante el surgimiento de una “nueva clase media global”, que está consciente de su aislamiento de la élite política gobernante.

Las estrategias para controlar este derrame de insatisfacciones han sido diversas. Los gobernantes que cuentan con recursos han destinado millones a programas de asistencialismo en los que el Estado asume la paternidad de los pobres descuidando las capas medias. El clientelismo político se está normalizando y los partidos echan mano de esta “estrategia” para satisfacer el hambre de los ciudadanos con el sólo propósito de traducir el agradecimiento en votos el día de la elección. Quienes no tienen dinero acuden a sus socios extranjeros para imitar las estrategias. Falta control y fiscalización del dinero en la política.

El riesgo es que el desencanto de esa clase media insatisfecha sea de tal magnitud que ya no les importe quién les gobierne, a través de cuáles mecanismos y si se respeta o no el Estado de Derecho con tal que les resuelvan sus necesidades inmediatas. El peligro latente, allá y aquí, es que mientras no ingresen relevos frescos en la política los ciudadanos prefieran burlarse de los partidos y elijan más “tiriricas” que no tengan idea de lo que hace un diputado y que terminen transformando el servicio público en un circo cuya función no incluya la satisfacción de los espectadores.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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