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Cohetes con azúcar y verdades sin sal

Por Por José Antonio Zarraluqui*

Jul 30, 2013- 18:01

Cuba conmemora otro aniversario de la matazón que una pandilla ambiciosa organizó en el cuartel Moncada y el hospital civil Saturnino Lora de Santiago de Cuba allá por 1953, en pleno escándalo por los misiles y MiGs-21 descubiertos en el Canal de Panamá, a bordo del carguero norcoreano Chong Chon Gang, que quería pasarlos de tapadillo por la vía interoceánica quién sabe hacia dónde y con qué maléfico fin. Porque pónganle el cuño que nada bueno e inocente está en el origen de esta operación. Basta con mirar a los involucrados, Cuba y Corea del Norte, dos países dementes a cuál más terrorista.

Eso de equipo obsoleto necesitado de reparación para después ser devuelto no se lo cree ni el que asó la manteca. En Cuba sobran los talleres militares que han mantenido operativos cohetes y aeronaves hasta ahora. ¿Qué pasó de repente? Pasó que hay gato encerrado. ¿Por qué no declarar esa parte de la carga y cubrirla, con la esperanza de que no fuera descubierta, con la sí declarada consistente en sacos y más sacos de azúcar prieta? Hasta en los accesos a las distintas cubiertas, las escaleras, los elevadores hay sacos de azúcar, los estibadores panameños la que están pasando para retirarlos es de anjá.

El destino del armamento bien podría ser uno de los países mesorientales en candela, digamos Siria, amiguísima de La Habana y de Pyongyang, o aquí en las inmediaciones Venezuela o Nicaragua o la guerrilla colombiana. Tiene bastante sentido, como tienen sentido las fechas en que esto se produce. El artero ataque norcoreano de 1950 a Corea del Sur, demoledor como fue al principio, tres años después había sido repelido por el mundo libre y los agresores tuvieron que firmar un armisticio en el paralelo 38, donde habían lanzado su ofensiva. Aunque con periódicas denuncias y amenazas, el armisticio sigue vigente. Fue firmado el 27 de julio de 1953.

El día antes, en la mañanita de la santa Ana, una gavilla de facinerosos desató el terror en Santiago. No tenían el respaldo de los tanques y la aviación de Stalin y Mao como los norcoreanos, y apenas disponían de unas escopetas viejas, suficientemente letales sin embargo porque la población, incluido el elemento castrense, se entregaba a los excesos carnavalescos. Y atacaron con nocturnidad y alevosía un cuartel, un hospital y el palacio de justicia. Los terroristas eligen con cuidado sus blancos, como el 11 de septiembre escogieron la Casa Blanca, el Pentágono y el centro mundial de comercio.

Ya los hay por ahí diciendo que el contrabando bélico del barco es una pillería del gobierno cubano, que cada vez que los norteamericanos se disponen a levantarle el embargo frustra la movida con alguna chiquillada, porque lo que le conviene es el embargo. Eso es desconocer la mentalidad terrorista. Los terroristas lo quieren todo sin ceder un ápice. Y Norcorea es la mejor prueba, sancionada a más no poder por la ONU responde cada día con un nuevo desplante.

Lo único verificable en el sexagésimo aniversario del cobarde ataque al cuartel Moncada y de la renuente firma del armisticio en Panmunjom es que las camarillas hereditarias que reinan en La Habana y en Pyongyang, continúan haciendo buenas sus costumbres simuladoras, indecentes, odiosas.

*Analista político.

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