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Del existencialismo a la cultura líquida

Por Por Luis Fernández Cuervo*

Jul 21, 2013- 18:00

Me encontré con el existencialismo en mi transición juvenil del colegio a la universidad. Había nacido esa corriente filosófica, para darle sentido a la vida o para no encontrarlo, entre la brumas nórdicas de Dinamarca, en el pensamiento de Sören Kirkegaard (1813-1855), solitario, melancólico y meditabundo. Su cristianismo, que algunos lo tildaron de irracionalismo, fue crítico, profundo, contra Hegel y contra el cristianismo cómodo y aburguesado que vio en su Copenhague y en toda Europa. El diagnóstico que hizo de la cultura europea sonó como un latigazo: “Europa camina hacia su ruina, con gente cada vez más cobarde ante lo esencial. Su cobardía es una cobardía vital.” Acuñó el término de angustia existencial que “viene del vértigo de la libertad, el vértigo de tener que decidir. Es el deseo de aquello que se teme. Y al final sólo veía una cuestión como importante: “si el cristianismo es verdadero o no, si Cristo resucitó o no. Ahí no caben términos medios: hay que decidir. Optar: o lo uno, o lo otro.

Llegó el desastre de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), su experiencia terrible de violencia, destrucción y la muerte de personas por millones. Con ello brotó, como un estallido moral, un nuevo existencialismo. Había allí, con Kierkegaard, un rechazo del pensamiento abstracto y un planteamiento personal ante el escándalo de la muerte inevitable enfocada de muy distinta manera: desde el ateísmo (Jean Paul Sartre), el agnosticismo (Martin Heidegger), o el cristianismo (Gabriel Marcel). Pero siempre con la angustia de la fugacidad de la vida, lo inevitable de la muerte y la pregunta certera, disparada como una flecha a lo esencial: ¿Cuál es el sentido de mi vida concreta? ¡No de la vida en abstracto, sino de la mía!

Sartre precisa: la existencia es anterior a la esencia. Y la existencia es pura indeterminación que se va haciendo y desarrollando a lo largo de la vida. En su vocabulario, la materia resiste, el objeto consiste, el animal subsiste y sólo el hombre existe. Lo cual significa que sólo el ser humano tiene conciencia de su ser. El existencialismo se extendió pronto a otros campos, al teatro (con el mismo Sartre), al ensayo, a la novela y logra con ello su mayor popularidad, destacando especialmente el escritor francés, también ateo, André Camus. Es notable que al final de su vida, Camus busca, en la amistad con un pastor evangélico, una posible abertura a la fe cristiana, que no llegó a ocurrir, y Sartre admite, pocos días antes de su muerte, la existencia de Dios, lo cual provoca un ataque de furia de su compañera de vida y gran ídolo hoy del feminismo destructivo, la Simone de Beauvoir.

Mi opinión de todo ello es que el diagnóstico de cobardía vital, que Kierkegaard hizo, ha evolucionado a la cultura líquida descrita por el sociólogo judío Zygmunt Bauman, nacido en Polonia en 1925, residente actual en Inglaterra desde 1971 y Premio Príncipe de Asturias (España) en el 2010. Es el sociólogo de los miedos. Ya no son angustiosas las decisiones de la libertad, porque la gente de esta anticultura actual no toma decisiones fuertes. Navegan de un lado a otro, suavemente, como los peces, sin arraigarse a nada.

De aquellos existencialismos, se ha ido pasando del “hombre sin atributos” de Robert Musil y “la insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, hasta caer en esta cultura volátil, efímera, casi gaseosa. Según Bauman, el ciudadano occidental desea ahora, por lo general, vivir solo, en un apartamento cómodo, moderno y sofisticado, abierto al mundo a través de Internet, pero aislado de los vecinos más próximos. Aspira a mantenerse sin vínculos, sin compromisos estables y defiende, por encima de todo, su independencia social, sexual y económica, que no está dispuesto a sacrificar por nada.

Merece verse cómo enfocan esos peces, el amor, la amistad y el matrimonio. Espero contárselo en los próximos artículos.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com

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