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“Penquiadores” e impuntuales

realidades En el ser humano a la agresividad ancestral del "macho protector de la familia" se incorpora el machismo, por cierto tolerado y aceptado como una característica inherente a nuestra sociedad.

Por Por Rodolfo Chang Peña*

Jul 04, 2013- 21:00

La impuntualidad reiterada y la agresión a la cónyuge como prácticas comunes y corrientes en nuestro medio, son partes de la patología social que se observa en países tercermundistas, principalmente latinoamericanos, aunque también ocurre en países de pobre desarrollo cultural y educativo de otras latitudes. En unos y otros la impuntualidad reiterada es socialmente tolerada y lo cierto es que si uno llega puntual a una cita se corre el riesgo de encontrar el lugar vacío y además descubre que el evento tampoco empieza a la hora señalada.

Con frecuencia las invitaciones en forma deliberada se hacen una hora antes a sabiendas que la gente siempre llega tarde. Es corriente causar molestias a los anfitriones cuando un par de puntuales aparecen cuando no hay nada listo y los primeros no hallan qué hacer para entretenerlos. No es raro que la agasajada todavía está en la sala de belleza, que los meseros estén acarreando bebidas y viandas y que las mesas no estén puestas y servidas. En el medio criollo hasta los “paracaidistas” y las “brochas” saben que es mejor llegar tarde.

La impuntualidad reiterada no parece ser un fenómeno aislado, más bien es una faceta de una perturbación más arraigada que tiene varias formas de manifestarse. En la mentalidad de estas personas parece que existe una especie de desgano, dejadez y descuido deliberados para cumplir compromisos de cualquier índole, como una respuesta a resentimientos antiguos en contra de la sociedad, al que se suma el egocentrismo y otras yerbas, ya que son conscientes que roban el tiempo ajeno sin sentir remordimientos.

El impuntual reiterado tiene una forma muy particular de establecer las prioridades, suele mentir, engañar y ofrece sin cumplir, le son comunes las frases siguientes: “Préstame diez dólares, te los pago mañana” (y por supuesto esos diez dólares se perdieron). “Me llevo este libro, cuando lo termine de leer te lo traeré” (ni modo hay que darlo por irrecuperable) y “Mañana te visitaré y platicamos” (no hay tales de mañana ni nunca). En otras palabras no cumple otros compromisos por pequeños o grandes que sean en la misma forma como no cumple llegar a la hora convenida.

El agresor de mujeres compensa su inseguridad e inmadurez, demostrando constantemente quién es el jefe, quién pone las reglas y castiga. Se considera un resabio del hombre salvaje, en efecto en las manadas de animales los machos “Alfa” se hacen sentir a través de la agresión a sus congéneres, lo que incluye mordidas, zarpazos, trifulcas y riñas constantes. En el ser humano a la agresividad ancestral del “macho protector de la familia” se incorpora el machismo, por cierto tolerado y aceptado como una característica inherente a nuestra sociedad.

Algunas mujeres lo aprueban como una forma de ser amadas, corregidas y celadas, lo que se detecta en las frases siguientes: “Quizá tiene otra porque ya no me maltrata ni golpea como antes”; “me quiere tanto que si me ve con otro capaz me arrastra por toda la urbanización”; “matrimonio significa llevar una cruz a cuestas”; “le perdono sus insultos, maltrato y pescozadas, lo que no le perdono es que traiga a otra a la casa”; “me sacrifico por mis hijos”, y “si lo denuncio no me trae la comida, qué se va hacer”.

*Dr. en medicina,

colaborador de El Diario de Hoy.

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