Secciones
×

Síguenos en

Reinventando leyes de hace dos mil años

Por Por Mario González**Editor Subjefe de El Diario de Hoy.

Jul 06, 2013- 18:02

Es imposible que yo sea insultado o ultrajado de alguna forma. Yo no hago nada que merezca ser censurado, y no me importan las falsedades que sobre mí se escriban. Y en cuanto a los emperadores que ya están muertos y enterrados, ya se vengarán por sí mismos en caso de que alguien les haga algún mal, si en verdad son semidioses y poseen algún poder”.

Tito, Emperador de Roma (30 de diciembre de 39 – 13 de septiembre de 81).

Tito pronunció estas palabras hace dos mil años, cuando derogó la ley de traición o ley de laesa maiestas, que se aplicaba incluso desde antes de César Augusto para castigar a los que perjudicaban la “majestad de Roma” y difundían escritos considerados “difamatorios” o injuriosos contra las autoridades.

El emperador acabó también con una red de espías e informantes, “orejas” o “trolls” como decimos actualmente, que justificaban los procesos y ejecuciones de los que denunciaban como traidores por disentir o criticar.

Ahora no me cabe la menor duda de que si Tito estuviera aquí, lo primero que haría sería derogar esa infame ley que prohíbe la crítica a los candidatos y castiga con multa de hasta con 25 mil dólares a quienes osen “desprestigiarlos”.

Por más que en medio de madrugones su presidente se ufane de decir que “ya no cometen los abusos que se perpetraban en el pasado”, cada vez me dejan más perplejo los diputados por cómo están dando pasos a toda prisa como si fuera más para preparar el camino a una nueva dictadura, sobre todo considerando eso de tomar decisiones cruciales mientras la ciudadanía está dormida como se producen las perfectas emboscadas.

No quieren que se les critique ni a ellos ni a sus ungidos y pretenden mantener un control sobre los medios, para que nadie cuestione los viajes que se dan, los banquetes que se sirven y los salarios que se recetan mientras la gente no tiene trabajo, no tiene qué comer y está ahogada en deudas e impuestos.

Les incomoda que preguntemos, por ejemplo, ¿por qué le dieron el rediseño de El Chaparral a una firma brasileña cuyo primer trabajo se desechó? ¿Por qué comenzaron las obras con un diseño que se consideró “básico”? ¿Por qué anularon el concurso e hicieron “contratación directa” y por qué le pusieron “reserva” al proceso hasta agosto? Si son esas las cosas que no les gusta que se divulguen o cuestionen, pues se puede entender pero no tolerar su miedo y deseo de promover leyes mordaza.

¿Para qué una ley contra las críticas a los candidatos? ¿Les preocupa que se hable del pasado violento de algunos? ¿Les duele que se informe que su gran baluarte esté llevando a la lipidia a un país que debería de ser el más rico de la región, al grado que no tienen ni papel higiénico como ocurrió en la Nicaragua quebrada de los 80?

¿Les molesta que se cuestione el hecho de que están poniendo a sus piezas clave en la Corte Suprema y en la Corte de Cuentas? ¿Tendrá el valor de censurar la nueva ley el Presidente de la República con la misma energía con la que en su momento fue un agrio crítico de los gobiernos de turno?

El mayor deseo de sus autores sería que con sólo amenazar con una ley, los periodistas tembláramos como ya lo han tratado de hacer en Ecuador o Argentina. Son intolerantes, tanto o más que las dictaduras que decían combatir. Y para ellos son un peligro la crítica y la libertad de expresión y de información porque por ellas podemos crecer como personas y como naciones.

A mí, por ejemplo, me resultó desagradable que una alta funcionaria de Salud, de quien esperaba un gesto humanitario y de compasión por ser médica, se refiriera como “un producto inviable de la fecundación” a la hija de Beatriz. Aunque sólo vivió cinco horas y no tenía cerebro, la bebé merecía respeto como ser humano nacido o por lo menos su memoria y su familia. Sin embargo, por más que me resulte inhumana, tengo que respetar su forma de pensar.

No obstante que me resulte una verdadera negligencia darle largas a Waldemar –el niño que necesita trasplante de intestino–, mientras se le ponía todo el interés a promover el aborto de Beatriz, pienso que debía respetar el criterio de ellos que son los especialistas y que consideraron que no corría peligro ni había que tratarlo fuera del país, aunque se perdiera tiempo y ahora el niño está en condición crítica.

Pero, ¿por qué los ciudadanos tenemos que someternos a toda clase de leyes y respetar a las autoridades, pero los políticos no? ¿Por qué ellos se tienen que recetar leyes para blindarse de que les reclamemos y nosotros sólo agachar la cabeza? ¿Acaso nos consideramos menos que ellos? ¿Dónde está la tan cacareada igualdad y justicia social?

Porque después bastará una simple crítica contra un figurón, para ir a la cárcel, la misma ruta por la que otros países han llegado a las dictaduras. Este es solo otro ensayo.

Aunque la historia lo recuerda como el general que destruyó Jerusalén en el año 70 después de Cristo, los cronistas reseñan que, contra todo pronóstico, Tito demostró al pueblo que era un emperador eficaz y generoso –“transparente” diríamos ahora– y fue muy querido por todos los romanos, debido a que poseía las mejores virtudes… ninguno de los senadores fue asesinado durante su administración y cumplió así su promesa de que “mantendría limpias sus manos”. Sobre todo, no necesitó la ley mordaza.

Para cobrar conciencia de la importancia de la tolerancia y la apertura a la crítica para la democracia, los políticos y autores de engendros como la mordaza electoral deberían recordar, como lo hizo el cardenal Rodríguez con Chávez, el consejo de los antiguos romanos: “Si no tienes un amigo que te diga tus defectos, págale a un enemigo para que lo haga…”.

Tags