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Un ángel en la autopista

Por Por Marvin Galeas *

Jul 17, 2013- 18:00

Esta historia me la contó un lector a través del correo electrónico. Los hechos y los lugares están consignados en el relato. Al escribirla a temprana hora de la madrugada, se me vino a la mente esta frase: “Los actos solidarios son las flores que los buenos seres humanos le ponen a la existencia de otros”.

La tarde se estaba cerrando. Nubes negras formaban siniestras y caprichosas figuras. Los relámpagos, tijeras luminosas, parecían cortar en pedacitos el cielo. Y don Arturo, motociclista de banco, tenía que llegar a su casa en la ciudad de Santa Ana. Cuando pasó por la gasolinera ubicada en el desvió de Opico se le encogió el corazón. El foco delantero de la motocicleta se apagó de pronto, justo en el momento en que la oscuridad parecía total.

Olía a lluvia. Sin embargo la tormenta aún no se precipitaba. Don Arturo tenía miedo que unos importantes documentos que llevaba en su destartalado morral de cuero se mojaran. Eso podría incluso costarle el empleo de mensajero. Perder el trabajo en estos tiempos con la triste situación que vive el país es lo más cercano a la palabra tragedia.

Pero no había a ningún lado de la autopista un lugar para guarecerse. La única opción era seguir conduciendo sin luz a la orilla del carril, con el peligro de caer en un barranco o peor aún de ser arrollado por un conductor. Decidió jugárselas y avanzar hasta la próxima gasolinera casi a la entrada de Santa Ana. Rezó el Salmo 23, me cuenta, aquel que dice: “Aunque ande en valles de sombra y de muerte no temeré mal alguno porque tú estarás conmigo”.

Avanzaba despacio mirando sin ver. Cielo arriba, los relámpagos y los truenos se sucedían en un sobrecogedor concierto de luces fugaces y ruidos como de bombas. A cada momento pasaban a su lado raudos automóviles. Imaginó a sus conductores escuchando música, aislados en su confort del clima de afuera. Pasaban muy cerca, algunos incluso haciendo sonar el pito para que se apartara del camino.

“Dios mío que no llueva todavía”, rogaba don Arturo, 46 años, padre de cinco criaturas cuidadas por una amante esposa. El sustento de todos depende totalmente del salario de don Arturo, que no llega ni a trescientos dólares, me dice en su nota. Y si esos papeles se llegaran a mojar… mejor ni pensarlo. Aceleró un poco con la esperanza de llegar a la estación de servicio antes del diluvio.

Avanzaba casi a ciegas. A veces sentía que se salía del concreto cuando las llantas de la moto saltaban sobre las piedrecillas del brazo de la carretera. Mientras avanzaba a 20 o 30 kilómetros por hora, pensaba que sus hijos no serían mensajeros en motocicleta como él, no. Para eso estudiaban. Ahorraría alguito, pensaba, para mandarlos a la universidad para que fueran profesionales…. Pero todo dependía, carajo, de que esos benditos papeles no se mojaran.

Sintió el ruido de un auto que casi lo atropella. Pasó muy cerca, veloz como todos los demás. Pero pocos metros adelante el carro aminoró la marcha. Casi se detuvo. Don Arturo alcanzó a ver una camioneta gris equipada con potentes luces traseras. Las luces se apagaron y se encendieron un par de veces. El mensajero comprendió que era una señal para que lo siguiera. De manera que se colocó detrás del vehículo.

Y así fueron a 50 o 60 kilómetros por hora. Las luces de la camioneta eran las luces del motociclista. Llegaron a la gasolinera de la entrada de la ciudad. La camioneta entró a la estación seguida por el mensajero. Fue llegar y llover a cántaros. Don Arturo vio cómo el vidrio de la ventanilla del conductor de la camioneta se bajó un poco. Alcanzó a ver el rostro de una mujer que le sonrió y le saludó: “era blanca y tenía la sonrisa y el cabello como de un ángel”, me dijo. ¡Y yo digo que es un ángel!

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com

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