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Valoración de la política

Por Por René Fortín Magaña*

Jun 13, 2013- 18:03

“Todo Estado es una asociación –dice Aristóteles– y sólo en vista de algún bien las asociaciones se forman, puesto que lo único que a los hombres mueve es la esperanza de algo que les parece bueno” (La política).

Sin embargo, en nuestro medio el ejercicio de la política ha llegado a niveles tan bajos que muchas personas se alejan de ella como de la peste. Participar en política ¡Dios nos guarde!

Se ha mentido tanto, se ha engañado tanto, se ha malversado tanto, que con razón el alto pendón de la democracia, que en última instancia demanda un dilatado esfuerzo colectivo de superación, se ha convertido en un andrajo –como diría don Alberto Masferrer– que ofrece vía libre a todas las atrocidades y conduce al fulminante enriquecimiento multimillonario. Tanto se ha devaluado la política que ahora, con más propiedad, el nombre que mejor le calza a nuestra organización social es el de cleptocracia: gobernar es el arte de enriquecerse a toda costa.

Es cierto que esta degeneración de las formas de gobierno ya era anunciada por la penetrante mirada de los clásicos. Aristóteles las degradaba de legítimas a ilegítimas: la monarquía devenía en tiranía; la aristocracia en oligarquía, y la democracia en demagogia.

Pero el hecho de que hayamos sido advertidos de esta patología social cíclica, no nos impone un determinismo fatal. En contra de la tesis del “eterno retorno” (Nietzsche) exaltamos la filosofía de la vida ascendente por medio del “imperativo categórico” (Kant). Las instituciones las hacen los hombres. Sus diseños formales, ciertamente, están descritos en una hoja de papel que llamamos Constitución. Pero sólo cobran vida por la actividad fasta o nefasta de los hombres y las mujeres de carne y hueso que son la materia que las hace funcionar en cumplimiento de la Constitución y de la ley.

Cuando la presidencia de la República fue ocupada por un Rafael Campo, por ejemplo, por un Francisco Menéndez o por un Manuel Enrique Araujo, el tono institucional se elevó, y sus virtudes fluyeron en cascada y llenaron de orgullo el sentimiento patriótico nacional. Lo mismo ocurrió cuando en la Asamblea Federal de Centroamérica, el 31 de diciembre de 1823, la voz del prócer José Simeón Cañas exigió la liberación de los esclavos; o cuando rutilaron las voces de cambio de los constituyentes de 1886 y 1950. O cuando el Dr. Miguel Tomás Molina, siendo presidente de la Corte Suprema de Justicia, reivindicó legítimamente el cargo de Presidente Constitucional de El Salvador que le fue usurpado, provocando, como respuesta, el mayor baño de sangre de la juventud obrera y universitaria, en diciembre de 1944, en el llano de El Espino, en Ahuachapán.

Queridos jóvenes: leamos la historia; tomemos el ejemplo de nuestros grandes hombres. Es necesario cambiar la decadencia que nos invade y nos conduce al desastre porque la corrupción va corroyendo el tejido social hasta el extremo de que los funcionarios, con honrosas excepciones, van perdiendo su legitimidad.

Al ver el estado de cosas de mi país, me he decidido a escribir estas cartas a la juventud dada la urgente necesidad que siento de que es ella, la juventud, la que puede hacer que cambie el escenario político de nuestra patria. “La verdadera traición contra la especie –dice Alfonso Reyes– está en entregar el mando a los ignorantes y a los violentos. Esta abstención de los mejores es la causa de la osadía de los peores que, hoy por hoy, hacen su fiesta oficial”.

Los mejores son ustedes, jóvenes. ¡Con cuánto agrado hemos visto que, ahítos de tanta podredumbre e ineptitud, se están organizando para salvar a este pueblo que se ahoga. Sigan adelante con paso de vencedores. Sustituyan con su lozanía a los malos funcionarios que nos torturan. Incorpórense decididamente al campo de la política, la más loable y emocionante de las profesiones, que ejercida con probidad, no es intrínsecamente perversa sino todo lo contrario, dado que por su medio se juega el interés nacional. Regálennos la esperanza de un mundo mejor.

*Dr. en Derecho.

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