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El manual de lo que no debe hacerse

Por Por Cristina López G.*

Jun 08, 2013- 18:03

Se cumplieron el 1 de junio cuatro años de gestión del presidente Funes. Y aunque ya falta poco para que termine el quinquenio, la ciudadanía está como boxeador a punto del “knock-out”, rogándole al árbitro que suene la campana, pues el país está llegando a niveles de deuda sin precedentes, cayendo en picada en indicadores de diferentes entidades internacionales (Doing Business, Índice de Libertad Económica) y la pobreza ha aumentado en varios puntos porcentuales.

El contenido del discurso en que se suponía que el presidente rendiría cuentas no fue nada sorprendente: en la coyuntura electoral, era de esperarse el alto contenido propagandístico, que más que el informe de un mandatario a sus mandantes, sonaba como una prolongada sesión de autopromoción sin ningún tipo de vergüenza. Tomando prestadas las palabras de un editorial reciente de la UCA, el discurso estuvo “demasiado dominado por el afán de propaganda, muy inserto en la dinámica electoral que se va imponiendo en el país y ajeno a la necesidad de encontrar proyectos de realización común y políticas de Estado dialogadas entre todos y que comprometan a todos”.

Tampoco el tono de enfrentamiento debía sorprender a nadie: después de más de un año de ser radioescuchas, cada sábado, del programa del presidente (idea que en su momento, aplaudimos algunos por pensar que sería una ventana a los quehaceres del gobierno, una posibilidad de acercarse a la ciudadanía y una fuente de transparencia) la población está más que acostumbrada a los sermones en los que se arremete contra el sector privado y el fantasma de los anteriores gobiernos.

Aunque es más grave el hecho de que de la transcripción oficial del discurso que se publicó después se hayan omitido las palabras “cállense la boca”, con las que el presidente se dirigió a la oposición tampoco es sorpresa, esto simplemente es una práctica consistente con la política de transparencia del actual gobierno: esconder lo que pueda dañar la imagen presidencial, aunque sea evidente, como quien trata de esconder a un elefante disfrazándolo de bailarina.

Algunos han comentado como logro del presidente Funes que, por lo menos, al llegar al poder “terminó con el imperio de la oligarquía” y le puso fin a la continuidad de una elite dominante. Lo que a estos defensores les falta agregar es que también con su llegada al poder instituyó otra elite dominante: la de sus asesores, familiares y amigos cercanos, haciendo uso de los mecanismos de poder que durante años denunció como conductor de televisión, amparándose en la falta de transparencia que tanto le molestaba cuando era un ciudadano crítico y no el intolerante a los señalamientos razonados que demuestra ser en cada aparición pública.

Ojalá los actuales candidatos a suceder al presidente Funes, en 2014, estén monitoreando la situación del país con preocupación y viendo con ojo crítico la administración actual, pues se puede aprender mucho de ella: es un gran manual de lo que no debe hacerse si se quiere sacar adelante a un país.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg

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