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Continuismo y renovación

Por Por Carlos Mayora Re*

Jun 14, 2013- 18:04

Los problemas sociales nunca son de fácil solución. Una imagen para representarlos podría ser la de la Hidra, ese monstruo mitológico de múltiples cabezas, que al cortarle una le surgían dos en lugar de la cercenada. Al final Heracles logra derrotarla, pero no sin una batalla larga y complicada.

Está claro que para enfrentar los retos, una sociedad necesita tiempo. No se logra derrotar la pobreza de la noche a la mañana, lograr mejores niveles de educación o de sanidad pública trabajando en ello sólo por pocos años. Las transformaciones sociales duraderas no se improvisan.

En todos los países que poco a poco han ido logrando mejores niveles de vida para sus habitantes, el éxito ha sido el fruto de una labor conjunta: gobierno y ciudadanos tirando de la cuerda en el mismo sentido. El odio que divide nunca logró progresos estables. Los ideales que aúnan siempre terminan por cambiar las cosas definitivamente.

Los países de América Latina –ese gran campo de experimentación política y so-cial–, han pasado por todas, o casi todas, las posibilidades de organización social; desde el mayor protagonismo estatal (Cuba), hasta la aplicación refinada de los principios de la economía liberal de mercado (Chile); pasando por dictaduras, revoluciones, socialismos fuertes y aguados, populismos, caudillismos, y hasta gobiernos desquiciados…

Cuando una fórmula es exitosa, muchos se apresuran a copiarla logrando resultados dispares, porque la clave no está en los métodos, sino en la calidad de las personas que la ponen en práctica.

Precisamente por eso, la tentación de la re elección presidencial (en el caso de las democracias), o el de la perpetuación en el poder (si se trata de un régimen dictatorial), siempre está presente en Latinoamérica. En este continente, tanto una como la otra provocan adhesiones y rechazos, son glorificadas o satanizadas. Ya no nos asustamos de lo que puede pasar en la cuna del realismo mágico… y quizá por ello los componentes ideológicos –y viscerales–, son grandes protagonistas de la sensibilidad política.

Se necesita la continuidad de los proyectos pero no de las personas. Las ideas, las proyecciones, los ideales compartidos, pueden ser un excelente motor para salir de la complicadísima situación social en que nos hemos metido. Pero el caudillismo, personal o partidista, no nos va a sacar del atolladero, nunca ha sacado a nadie del brete.

Y no porque el caudillo, o el partido que se re elija, no tengan capacidad de trabajo o visión de futuro, sino porque –dada nuestra forma de ser– parece imposible que no engendren oposición visceral. Más aún, ellos mismos no tienen identidad propia sino por contraste, mediante la descalificación absoluta del opositor.

No somos capaces de concebir la oposición como un contrapeso, la vemos como un enemigo. Seguimos captando en blanco y negro, y esa sensibilidad nos obliga a una opción radical: “conmigo o contra mí”: sin medias tintas, sin bemoles.

Incluso los que predican unidad lo hacen descalificando radicalmente a los que no piensan como ellos, y engendran separación. Construyen la unión a partir de la exclusión, y no de la unificación real de esfuerzos e intereses compartidos (y eso dándoles un voto de confianza, pues cínicamente podría interpretarse su posición de manera muy diferente).

No parece que vayamos a cambiar en el corto plazo. Necesitamos sangre nueva, ideas diferentes. Y lo que hay en la oferta política, se vea por donde se vea, no deja de ser más de lo mismo.

Da la impresión de que los pretendientes del poder están más ocupados en luchar entre ellos, que en cortarle cabezas a el Hidra, la misma que paraliza de miedo, y nos vuelve pesimistas de tanto ver defraudadas las esperanzas.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org

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