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La dispersión de los esfuerzos

Por Por Manuel Hinds*

Jun 20, 2013- 18:00

La campaña para las elecciones de presidente del 2014 arrancó desde hace más de un año. Durante el largo tiempo que ha pasado, no hay programas, ni siquiera objetivos de gobierno. Eventualmente los programas van a aparecer. Si hemos de predecir basados en las últimas elecciones, lo que contendrán serán promesas sin ningún respaldo en la realidad (como la fábrica de empleos) y promesas de crear nuevos subsidios y regalos, más notorios por sus nombres publicitarios (mujer, ya nunca estarás sola) que por los resultados que pueden tener en mejorar las condiciones de vida de la población. Si sólo esto viéramos de El Salvador, creeríamos que este es un país en el que tenemos un gobierno que funciona tan bien que no es posible mejorarlo y tenemos que darle nuevas cosas que hacer para que el pueblo se entusiasme en las elecciones.

No hay necesidad de preguntarle al pueblo para saber lo que el gobierno tiene que hacer para cumplir con las obligaciones del gobierno, ni hay necesidad de estarse inventando nuevas cosas para lograrlo. Basta con vivir en el país y observar cuán insuficientes son los servicios básicos que el gobierno debería de estar brindando a la sociedad en términos de seguridad, salud, educación y servicios de transporte. Nada, con la excepción de eliminar los obstáculos a la inversión que el FMLN goza tanto en poner, podría mejorar la calidad de vida de los habitantes que optimizar la calidad y el volumen de estos servicios. Tendría un efecto positivo inmediato en la clase media y en la reducción de la pobreza.

El problema más serio que la naciente clase media y las familias pobres del país comparten es que tiene que pagar doble, y a veces triple, por estos servicios. Pagan, por ejemplo, tres veces por su salud: pagan los impuestos que mantienen al Ministerio de Salud, pagan las contribuciones al Seguro Social, pero, siendo que los servicios de estas instituciones son tan malos, la clase media se ve obligada a pagar por servicios médicos privados y los pobres pagan el terrible costo de no tener salud. Igual pasa con la educación, en donde el pago es doble: los impuestos para sostener el Ministerio de Educación, y el pago de los colegios privados porque la educación es tan mala en las escuelas públicas. Los pobres pagan con mala educación. Igualmente, la clase media paga los impuestos para que subsidien el transporte público, pero tiene que comprar carro para evitar los asfixiantes y peligrosos buses. Los pobres se aguantan.

Esto no es así en los países desarrollados, en donde las unidades de salud y los hospitales públicos, las escuelas públicas, la policía y los sistemas públicos de transporte dan servicios tan buenos que despojan a la clase media de la necesidad de gastar doble o triple por ellos, y aseguran el acceso de los pobres a servicios de buena calidad, dándoles una dimensión de clase media en su pobreza.

El país cambiaría de la noche a la mañana si estos servicios tuvieran la calidad que el gobierno se ha comprometido a proveer. Por supuesto, lograrlo no es algo de una noche a una mañana, pero la mejoría sustancial de los servicios tampoco es un objetivo inalcanzable dentro de un período presidencial, especialmente ahora que las tecnologías de la comunicación permiten coordinar de una manera más efectiva y rápida las complejas actividades que hay que realizar para rendirlos.

Lograrlo requiere concentrar en estos servicios indispensables los esfuerzos que ahora se diluyen absurdamente en miles de programitas que aunque sólo sean un nombre tienen gastos porque tienen oficina, carros, papelería y burocracia, el tipo de programitas que se fundan para dar la impresión de modernidad cuando no hay ni medicinas en los hospitales. Los partidos políticos obviamente no creen que hay réditos políticos en lograr esta mejoría de lo fundamental. Esto es falta de imaginación. El partido político que lograra prometerlo con credibilidad y ejecutarlo eficientemente, cambiaría el juego político y el destino del país.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.

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