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¿Qué más me falta?

Por Por Julio Ernesto Agreda*

May 23, 2013- 18:04

El joven interesado en vivir al lado de Dios por siempre, le preguntó a Jesús qué hacer para merecer semejante recompensa. El Maestro le ordenó cumplir los mandamientos, pero él ya los guardaba. Distinto a muchos jóvenes de hoy, aquel no hurtaba y no mataba, aún así quedó reprobado, por lo que la siguiente pregunta que le hizo fue: ¿Qué más me falta?

La misma pregunta se hacen los salvadoreños frente al clima de violencia, el cual sigue amenazando la estabilidad del país. Haciendo un poco de historia, se ha intentado de diferentes maneras en el pasado, con los planes “mano dura” y “supermano dura”, pero no funcionaron. Ahora nos encontramos frente a otro plan conocido como “tregua”, de la cual mucho se dice que no ha dado los resultados esperados.

No se dice que lo que se está haciendo no sirva, sino que falta algo más para que esto se consolide y llegue a feliz término. Encomiable es la iniciativa de un sacerdote católico, de un excombatiente del pasado conflicto y de un exministro de Seguridad en torno a este problema de dimensiones astronómicas. Pero sigue en pie la interrogante ¿qué más falta?

No creo tener la respuesta a la misma, pero recogiendo el sentir de la población, este problema no debe quedar únicamente en las manos de los protagonistas que iniciaron este proceso, si se le puede llamar así. Este es un asunto que nos compete a todos, principalmente a quienes administran el país, ya sea en el Ejecutivo, Legislativo o Judicial.

El problema, como en otras ocasiones lo he dicho, es que nunca nos ponemos de acuerdo. Mientras unos creen que la represión o castigo del delito es el único remedio para este mal, otros sostienen que el problema se acabará hasta que se terminen las condiciones de marginalidad y pobreza.

Estas son posiciones extremas. Por qué no fijar un punto de equilibrio y comenzar ya una discusión seria en donde participen no tres personas, sino los actores principales de la vida nacional, como el gobierno, empresa privada, la iglesia, entre otros. Se sobreentiende que esta discusión es únicamente entre los protagonistas del quehacer de la nación, pues parece una utopía la negociación con grupos al margen de la ley.

Los que vimos el inicio del conflicto bélico recordamos que a muchos les parecía absurdo negociar con grupos armados que se los denominaba guerrilleros. Con el paso del tiempo aquello fue cambiando hasta que finalmente se llegó a negociaciones y ahí terminó el conflicto. La diferencia entre aquello y lo que hoy vivimos es que la lucha de entonces era en función de mejorar las condiciones de la población, mientras que en la actualidad es la población la que sufre sin misericordia. Indistintamente de cuál sea el perfil que vaya a tomar esta discusión, es importante comenzar lo antes posible. A todos nos interesa vivir en paz y con la certidumbre de que estamos forjando un futuro digno a nuestras generaciones, pero por ahora las cosas no pintan nada bien.

Dejemos de culparnos entre nosotros mismos, al fin todos somos salvadoreños, a todos nos interesa este país. Quienes figuran en la palestra pública deben cuidar sus palabras y actos para no seguir dividiendo a esta nación entre ricos y pobres, de derecha o de izquierda. Hagamos equipo sin distingos de partidos políticos o de clases sociales, y configuremos un plan de nación a corto, mediano y largo plazo; un plan que se pueda seguir ejecutando sin importar quién llegue al poder en el futuro.

Mientras llega ese momento, el suelo salvadoreño continúa absorbiendo la sangre de niños, jóvenes y adultos que en condiciones normales no abortarían su existencia de esa manera. Esa sangre clama por justicia y desde la perspectiva divina, dicha sangre será demandada a la nación en general.

*Pastor General Iglesia Cristiana SHEKINA

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