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La dignidad del trabajo

Por Por Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.*

May 03, 2013- 18:01

El 1 de mayo se celebró el “Día internacional del trabajo”. Es una celebración que nació para recordar el compromiso del movimiento sindical y los logros en el campo social y económico de los trabajadores. Fue asumida por la Iglesia en 1955 con la fiesta de San José Obrero, patrono de los carpinteros y los trabajadores. José nos enseña que el trabajo es gozo y dolor, servicio a la comunidad y cercanía con Dios. El trabajo realiza a la persona, fortalece su espíritu, forja el carácter, y cuando las cosas se hacen bien, ennoblecen a quien las realiza y a los que disfrutan de ellas.

Para la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo significa todo tipo de acción realizada por el hombre independientemente de sus características o circunstancias; significa toda actividad humana que se puede o se debe reconocer como trabajo entre las múltiples actividades de las que el hombre es capaz y a las que está predispuesto por la naturaleza misma en virtud de su humanidad. Hecho a imagen y semejanza de Dios en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra, el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo.

Dios confió al hombre la tierra y sus recursos para que la cuidara y administrara para bien de todos, para que la dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (Gn. 1, 26-29). Cuando el hombre no supo aprovechar la llamada de Dios y quebrantó la alianza, escuchó de la divinidad estas palabras: “Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra pues de ella te sacaron; porque eres polvo y al polvo volverás” (Gn. 3,19). Comprendió que el trabajo era también fatiga.

El trabajo es, por lo tanto, un deber, no es algo opcional. El hombre debe hacer lo posible para que su trabajo sea fuente de ingresos con los que pueda sustentar su vida, la de su familia y prestar un servicio a la comunidad humana. Nadie debe rehuir el trabajo, éste es sagrado y un mandato de Dios. El apóstol Pablo nos recuerda: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” ( 2Ts.3,10). El ejemplo lo tenemos en Jesús, que pasó la mayor parte de su vida trabajando como humilde artesano al lado de su padre José. “El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo”. (Cat. I.C. 2428).

Todo trabajo es digno. Nuestra admiración y respeto para todo el que trabaja manualmente, el agricultor que hace producir la tierra, el minero que trabaja duramente en las canteras de piedra, el albañil, el carpintero, el artesano, el médico y la enfermera, el intelectual y el científico, los servidores del Estado, las amas de casa, el estudiante que forja su futuro. Todos, en una u otra forma, asumimos el trabajo como una vocación universal que nos hace sentirnos protagonistas del progreso humano.

Es admirable la dedicación y esfuerzo de millones de personas que se ganan el pan de cada día con el sudor de su frente y hacen progresar a la sociedad. Dios concedió a la mano del hombre el carácter de herramienta para que con serena inteligencia la ponga al servicio del progreso humano. Dios nos ayude a descubrir en el trabajo una posibilidad de construir un mundo mejor.

*Sacerdote Salesiano.

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