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El papa Francisco se enfrenta también al relativismo moderno

Por Por Ricardo Chacón *

May 25, 2013- 20:03

No es mi intención hablar sobre la reunión de doce minutos entre el presidente Mauricio Funes y el papa Francisco, tampoco las supuestas gestiones para “agilizar la beatificación de monseñor Romero”, como se nos dijo publicitariamente desde las instancias oficiales, mucho menos la llegada tardía a la cita del Presidente. Mi intención es más llana, es hacer referencia, por un la lado, a la continuidad del papado de Francisco en cuestiones de Fe; pero, por otro, mostrar que se está gestando un estilo diferente, propio de un pastor que a diario muestra signos distintos como su relación afectuosa con los creyentes, su discurso claro y sencillo, su intención de modernizar y hacer más transparente a la curia y a sus funcionarios, así como dar una respuesta más fresca a los grandes desafíos de la Iglesia actual, donde tiene que lidiar, entre otras corrientes, con el relativismo.

Hace un par de semanas, el papa Francisco, ese jesuita nacido en Argentina, el primer pontífice latinoamericano, dijo en la plaza de San Pedro, ante miles de fieles que todavía no salen del asombro de este nuevo “sucesor de Pedro”, que la sociedad moderna está “marcada por el relativismo, en lo que parece que no hay nada definitivo…”.

Las palabras de Francisco no son nuevas, de una u otra manera, su antecesor, el papa Benedicto XVI, repetía una y otra vez en sus múltiples discursos y escritos sobre la postura relativista, esa tendencia a creer que nada es definitivo y que la verdad viene dada por el consenso y por lo que creemos… y, por ello, en una de sus múltiples alocuciones en las que Benedicto trata el tema, plantea que es necesario preguntarnos como Pilatos: ¿Qué es la verdad?, respondiendo, desde su posición de fe, que la Verdad, con mayúscula, no es una percepción que extraemos de la realidad, sino una persona con la que nos encontramos: “Cristo es la Verdad, que se ha hecho carne y el Espíritu Santo hace posible que le reconozcamos y lo confesemos como Señor”.

Es probable que una de las diferencias de estilo de Francisco con respecto a Benedicto, es que el papa argentino, sin dejar de tener ese talante intelectual propio de su rigurosa formación académica, es “más pastoral”, más volcado a la gestión eclesial de la vida cotidiana. Es por ello que, en su abordaje al tema del relativismo, al que se refirió hace un par de semanas, durante las festividades de Pentecostés, aterriza en una pregunta no sólo qué es la Verdad, con mayúscula, (que por supuesto tiene validez, y en el fondo nos lleva a lo mismo) sino también directamente se interroga que la Verdad es Cristo, y de inmediato, nos exhorta, por un lado, a rezar a diario al Espíritu Santo “para que nos guíe a conocer a Jesús” y, por otro, hace hincapié —por lo menos así lo reportó el periódico ABC de España—, que el cristiano “lo es a tiempo completo, en todos los momentos de su vida, independientemente de cuáles sean las circunstancias”.

El relativismo, para los europeos, está centrado más en la supuesta bonanza propia del desarrollo, la abundancia y la tecnología, en cambio para los latinoamericanos por todo lo contrario, por el subdesarrollo, la pobreza y la marginación.

Más allá de las visiones diferentes, propias de las experiencias, que emanan de dos pastores, uno nacido en Alemania, quien padeció la última guerra mundial y con ello no sólo la destrucción sino además la reconstrucción de las naciones europeas, y el otro la pobreza, las dictaduras y los vaivenes de la clase política, tienen en común la fe, la Fe con mayúscula, surgida del seguimiento de Jesús, el Cristo.

La tradición filosófica así lo registra tal como lo escribe el español Diego Poole Derqui, profesor de Filosofía del Derecho, que el fundamento del relativismo tiene como esencia el señalar que todos los sistemas conceptuales, morales o religiosos son relativos a un momento histórico y a un contexto social y, por lo tanto, necesariamente parciales e incompletos. Incluso, hay quienes defienden que el relativismo es el mejor fundamento filosófico de la democracia, pero lo cierto, como lo dice al final del escrito Derqui, el hombre no ha nacido para vivir sumergido en la duda, y menos todavía para presumir de ello, sino para buscar la verdad que le hace bueno.

Para los cristianos, los hombres de fe, los valores y principios que nacen de la Verdad, con mayúscula, de Jesús el Cristo, dan sentido a la vida.

*Editor Jefe de El Diario de Hoy.

ricardo.chacon@eldiariodehoy.com

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