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Correcto y, además, conveniente

Por Por María A. de López Andreu* *Columnista de El Diario de Hoy.

Abr 26, 2013- 18:02

Un exitoso empresario cafetalero comentaba cómo ha evolucionado la manera de hacer negocios, especialmente con los extranjeros. Aunque quizá la palabra correcta sea “involucionado”, porque se está regresando a la antigua manera de negociar.

Decía que sus compradores extranjeros le dan muchísima importancia a la formación familiar, dado que ésta determina los valores de la persona con quien se negocia. Cuando un posible comprador visita nuestro país y es recibido amablemente, no sólo en el lugar de trabajo, sino también es invitado a departir en el hogar, con el cónyuge, los hijos y nietos, pregunta y muestra gran interés por las costumbres de la familia; le gusta admirar los retratos de antepasados, de quienes se le puede narrar su historia y pensamiento y disfruta escuchando anécdotas sobre la numerosa parentela. Esa fortaleza del entramado familiar transmite una corriente de confianza, así como la garantía de estar tratando con alguien que cumplirá a cabalidad sus compromisos porque cuida su buen nombre y el de su empresa, considerando sus principios como el legado más valioso que recibió de sus antepasados.

Así, en base a confianza, se negociaba anteriormente: bastaba que alguien fuera honrado, trabajador y cumplidor de su palabra, para cerrar el más grande y complejo de los negocios con sólo un apretón de manos.

Desafortunadamente, la confianza es en El Salvador el más escaso de nuestros recursos. Y son los políticos, con sus actitudes incongruentes y cínicas, los mayores culpables de esta desgracia.

Porque nos deja perplejos que el presidente Funes justifique el que las maras extorsionen a nuestra población honrada y trabajadora “porque es la manera en que mantienen a sus familias”. Olvidó que esos criminales no tienen empacho en llegar hasta el asesinato para alcanzar sus objetivos. Ese delito, jurídicamente, podrá tener una clasificación diferente, pero para efectos prácticos y lógicos, es terrorismo puro. Porque atemorizándolas, se coarta la libertad de las familias y se las obliga a privarse de sus bienes, a cambio de evitar convertirse en “un asesinado más”.

Los salvadoreños vivimos el dolor y la indignación de las familias víctimas de los mareros, ¿por qué el presidente, lejos de eso, justifica las extorsiones?

Y las justifica, para colmo, en su reciente visita a EE.UU., olvidando que la ciudadanía estadounidense es sumamente respetuosa de la ley y culturalmente apegada a la verdad. ¿Qué imagen se habrán formado de nuestro ya denigrado país? Porque el hecho que un presidente y su Ministro de Seguridad justifiquen la criminalidad, les habrá parecido inaudito.

El daño mayor es el que ese mensaje causa en la conducta ciudadana, sobre todo en la juventud, estableciendo la norma de que la criminalidad es justificable y tiene más derechos un delincuente que un honrado ciudadano. ¡Ese daño perdurará quién sabe por cuántas generaciones!

Vuelvo al inicio de este artículo. Ahora, cuando en otras latitudes la decencia es grandemente apreciada, nuestro país necesita una campaña amplia y profunda en fomento de los valores de familia, honradez, cumplimiento y respeto a la ley, no solamente porque es lo correcto, sino también porque es conveniente.

Por supuesto, eso deberán hacerlo los doctores Quijano y Portillo Cuadra. Ahora lo más apropiado es que los funcionarios del actual gobierno, en los 400 días que les quedan, permanezcan encerrados, mudos e inmóviles, evitando así dañarnos más, aquí y en el extranjero.

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