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“El próximo” de Los cuatro de siempre

Por Por Rolando Monterrosa*

Abr 18, 2013- 18:01

Tómese lo que sigue en calidad de apuntes y reflexiones, como divertimento para lectores hartos de política y políticos y que, al mismo tiempo, sean proclives a divagaciones retóricas.

Nuestras esposas nos apodaron “Los cuatro de siempre”, porque de manera invariable, Fito, Miguel, Julio y yo (los apellidos no importan, pero les aseguro que son gente real) nos reuníamos, para hablar de nuestra pasión común: España. Lo hacíamos en riguroso régimen rotativo en nuestros respectivos hogares (la recalcitrante recurrencia de erres es intencional: se llama aliteración y se puede lograr con otras consonantes. Suele suceder que, de usarse bien, suma sonoridad a la prosa o al verso; pero, si de ella se abusa, sumerge en el desastre). Esto lo pueden confirmar con ese magnífico y celoso guardián del idioma, don Carlos Alberto Saz.

Estudiábamos carreras distintas, pero al salir de clases hacíamos animada tertulia en las tascas y tabernas del barrio La Moncloa, en Madrid, mientras comíamos tapas y bebíamos vino al que la sabiduría popular acusa de “alargar la lengua y acortar el entendimiento”. Pero, por jóvenes, se nos absolvía sumariamente, de “tutti gli peccati”, por lo que andábamos por ahí, con licencia para ligar españolas, escuchar a Serrat, Masiel, los Beattles y discutir sobre Sartre, Camus, Unamuno. También nos hacíamos, con nuestros amigos iberos la pregunta que, en la Década de los 60, carecía de respuesta para los españoles: “¿Y después de Franco, qué?”, pues, a decir verdad, por el delfín del generalísimo, el príncipe Juan Carlos –buen mozo, karateca, velerista e impenitente tenorio– nadie daba una perra chica (cinco céntimos de peseta) como futuro rey de España. Pero hele ahí, hoy, hecho un monarca.

Mis tres amigos eran bachilleres del Externado, excepto yo, que fui garciísta. En Madrid, Fito, estudió Sociología, pero al regresar a El Salvador, luego de una breve incursión en varias actividades, ninguna de ellas relacionada con su profesión, destacó como exitoso chef, ganador de numerosos premios en festivales gastronómicos internacionales. Es propietario de un magnífico restaurante, de ambiente familiar, en la Escalón. De sociólogo a cocinero: Pedro Navaja diría: “¡Sorpresas que da la vida…!”

Miguel, estudioso, multilingüe, rarísimo ejemplar de parrandero silencioso, se formó en Humanidades en la Sorbona, y más tarde en la Complutense. A su regreso al país, pese a tentadoras ofertas de empleo en San Salvador, prefirió irse a Suchitoto, su ciudad natal, donde se convirtió en un respetado profesor de bachillerato.

Los cuatro emprendimos vidas ordenadas y trabajos intensivos, formamos hogares y tuvimos lindos y juiciosos hijos. Pero, mientras estos crecían y el terror se extendía por las calles capitalinas, Miguel se dio de baja en 1982. Un insospechado cáncer terminal en el estómago “apagó el “switch” a sus luces”. Entonces confirmamos que no es la vida la que da las mayores sorpresas, sino la muerte.

El deceso de Miguel nos causó profundo pesar además de asustarnos. Era el primer amigo cercano que se nos iba. Pero como el hombre tiende a reírse de lo que teme, Julio, con un sentido del humor de franca negrura, concibió la broma sobre quién de nosotros sería “el próximo”. Él sobresalía en el grupo por sus musculosas espaldas, como las de un caballo que puede espantarse las moscas con sólo vibrar los lomos. En la segunda mitad de los 80 ejercía con éxito su especialidad en Mercadotecnia. Dejó de hacer ejercicio y vivía inmerso en su trabajo, pero también en una densa nube de humo de cigarrillos; no menos de tres cajetillas diarias, “para matar el estrés, ¿me entendés?”. Y para ufanarse de su fortaleza física y justificar la humareda, agregaba riendo: “La niebla es amiga inseparable de las montañas”. De pronto, la montaña se derrumbó. Un infarto masivo lo convirtió en “el próximo” que él mismo había acuñado.

Cuando sólo quedamos dos de Los cuatro de siempre, Fito y yo, seguimos recordando nuestra vivencia española, aunque ahora vivimos serenamente, pero sin renunciar al buen humor. Por otra parte, somos más prudentes: cero tabaco, cero grasas y carbos; en cuanto al vino y muchos otros placeres, seguimos a los antiguos griegos: “nada en exceso”, máxima que practicamos más por recomendación médica que por virtuosos.

Pese a la repugnancia e indignación que causan la corrupción, la estupidez y deslealtad de muchos políticos, a la imparable carnicería en las calles, en el contexto de una macabra “tregua”, no perdemos la fe en el género humano y desembocamos en una de Perogrullo (verdad evidente por sí misma que no necesita comprobación): no importa ser “el próximo”, sino vivir, este momento, con la mejor calidad de vida posible y compartirla generosa y alegremente con todos los que, sin duda, serán los “próximos”.

*Periodista

rolmonte@yahoo.com

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