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Nuestros propios demonios, la democracia y el mercado libre

Por Por Manuel Hinds*

Abr 18, 2013- 18:02

Ayer Arturo Cruz, en un evento organizado por FUSADES, hizo un análisis muy realista de la situación política centroamericana, país por país. Cuando estaba hablando de Honduras hizo una observación muy acertada refiriéndose a la crisis política que explotó con la deposición de “Mel” Zelaya en 2009 y que continúa en una forma solapada hasta este momento: que la crisis tenía que ver menos con Venezuela que con la situación política de Honduras mismo, ya que nosotros inventamos nuestros propios demonios y no necesitamos demonios importados para hacer un desastre de nuestra política.

Esta observación se aplica no sólo a Honduras sino a toda Centroamérica. Obviamente no implica que los millones de dólares que Venezuela ha desparramado en la región no hayan jugado un papel importante en los eventos de Honduras y del resto de la región, sino que las preocupantes tendencias que vemos en la región existirían aún si Hugo Chávez nunca hubiera existido.

Reconociendo esta realidad, varios de los otros participantes del panel diagnosticaron que el problema ha sido que la democracia y el mercado libre no han funcionado como se esperaba cuando se hicieron las reformas de finales de los años Ochenta y principios de los Noventa. De hecho, si se toma como medida del éxito la tasa de crecimiento económico, el menos democrático de los países de la región, Nicaragua, pareciera ser el que está comportándose mejor.

Partiendo de esto es muy fácil concluir que el problema está con estos sistemas y que tenemos que sustituirlos por algo todavía indefinido pero que no sería ni mercado libre ni democracia. Pero el hecho que la democracia y el mercado libre no estén funcionando como lo esperado no implica necesariamente que el problema está en los sistemas. Todo indica que el problema está en nosotros, que no podemos hacer funcionar bien sistemas que han estado en la base del desarrollo de los países más avanzados del mundo.

El problema es que nosotros esperamos que estos sistemas funcionen automáticamente, aun si hacemos todo lo posible para que no funcionen. Las sociedades centroamericanas aceptaron que el mercado libre se subordinara a intereses creados a través de privilegios otorgados por los gobiernos, y ahora se quejan de que aparezca Alba y se aproveche de esos privilegios. También permitieron que las instituciones se prostituyeran porque esto se hacía a favor de intereses establecidos y ahora protestan porque intereses nuevos y extranjeros se aprovechan de la corrupción existente. Y después de erosionar de esta forma las propias fundaciones del mercado libre y de la democracia, los centroamericanos culpan al mercado libre y a la democracia por su fracaso. Es el borracho que después de un accidente culpa al carro por no haber corregido los efectos de su borrachera.

Si queremos que el mercado libre funcione, no lo llenemos de privilegios. Si queremos que la democracia funcione, no aceptemos la corrupción de las instituciones. Así de simple.

Irónicamente, la misma Nicaragua, que pareciera ser la más exitosa de la región, es el ejemplo vivo de este problema. Ha dejado que se corrompan las instituciones de la libertad por la ilusión de que el que las está corrompiendo les está dando a los ciudadanos una ventaja económica. Esto es una ilusión porque Nicaragua está creciendo como resultado del boom de productos primarios. Peor aún, por esta ilusión los nicaragüenses están vendiendo su libertad, el alma de la creatividad y el progreso que jamás debería venderse por ningún precio. Ortega es como Somoza, que dio la ilusión de crecer y creó las condiciones para 20 años de miseria. En la siguiente vuelta de la historia Centroamérica se dará cuenta otra vez de que la tiranía y la corrupción no llevan al desarrollo sino al eterno estancamiento que ha sido el destino de Latinoamérica.

En una tira cómica llamada Pogo, un personaje dice: “He encontrado al enemigo, y somos nosotros”. En Centroamérica, hemos encontrado a los demonios, a los que no nos dejan progresar, y somos nosotros.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.

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